lunes, marzo 03, 2014

AUTOBÚS


Suerte que hemos salido de casa con antelación; si no, nos hubiéramos visto atrapados en el ingente atasco que colapsaba los accesos a la ciudad por la afluencia de gente a las fiestas carnavalescas. Nosotros íbamos a otra cosa: a dejar a C. en el autobús que la lleva a Madrid, y cuya parada se ubica precisamente a la entrada de la ciudad, donde estaba cuajando el enorme embotellamiento. Hubo otros previsores, como nosotros, y también quienes llegaron a la parada justo cuando el autobús se disponía a arrancar y oyeron la paciente reprimenda del revisor, que se ve que está acostumbrado a esos atolondramientos juveniles. Y es que ninguno de los viajeros sobrepasaba los veinticinco años. Sentía uno un poco de envidia al verlos. El calculado desaliño de muchos de ellos, la indiferencia con la que arrojaban sus macutos al maletero y se repantigaban en los asientos y la naturalidad con la que algunos, nada más ocupar su plaza, se echaban a dormir denotaba que la mayoría había hecho ya ese viaje muchas veces. O más aún: que adoptaban, quizá inconscientemente, la pose de quien vive en perpetua itinerancia, libres de los sólidos vínculos laborales y familiares que mantienen a los adultos atados a sus lugares de residencia. Era, no sé, como si todos hubieran leído a Kerouac. Algunos, eso sí, tenían cara de cansados: seguramente se habían pasado la noche anterior en los carnavales, y por eso daban ahora por bienvenida la ocasión de pasarse el trayecto durmiendo. Otros recuperaban fuerzas devorando enormes bocadillos antes de embarcarse. A una de las chicas, que tuvo alguna dificultad para acomodar su maleta en el portaequipajes, una amiga paciente le acercaba de vez en cuando a la boca el dulce al que ella misma acababa de dar un mordisco, para que la otra hiciera lo propio.

Hace treinta años no existían estos prácticos y económicos autobuses y el viaje a Madrid había que hacerlo en el expreso nocturno. No sé si, visto con los ojos de un adulto, el pasaje de esos trenes tendría el mismo aspecto desenfadado y envidiable que el de este autobús. Si acaso, su composición era más variada: junto a los estudiantes había infinidad de soldados, que arrastraban enormes macutos y normalmente preferían hacer el trayecto en el pasillo o en las plataformas entre vagón y vagón, charlando y fumando, en vez de en los incómodos compartimentos con rígidos asientos forrados de gutapercha. Eran todavía esos "sucios trenes que iban hacia el norte" de la canción de Sabina, por más que, en los tiempos a los que me refiero -primeros ochenta- su destino no eran los barrios de aluvión de las ciudades industriales que demandaban mano de obra, sino el ya prestigiado y cosmopolita Madrid de entonces, y por eso quizá todo ese amontonamiento humano en el que predominaba el caqui o el gris de los soldados y marineros resultaba anacrónico y un tanto deprimente, como si aquel país nuestro, embarcado ya en la modernidad, no se hubiera librado aún del todo de las rémoras del subdesarrollo y la pobreza. Era una mezcla extraña: la desinhibición de los que liaban un porro en las plataformas entre vagón y vagón y los resabios autoritarios de los revisores, los cráneos rapados de los taciturnos reclutas y el tupé engominado de algún que otro moderno escandaloso, el olor a pachuli y el olor acendrado e inconfundible de las lonas de las que estaban hechos los macutos de los militares...

El ensueño me dura poco. Frente a mí, una muchacha menuda y delgada, vestida de pies a cabeza con unas ajustadas mallas negras, como una bailarina, se abraza por última vez a su novio y, con el rostro lloroso, sube al autobús, mientras el chico ensaya el gesto de contención de Humphrey Bogart al despedirse para siempre de Ilsa en el aeropuerto. El autobús arranca. El carril de salida de la ciudad, a diferencia del de entrada, está despejado. Buen viaje.

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