lunes, marzo 24, 2014

EL DON

Chet Baker: esa manera suya de cantar como quien hace una dolorosa confidencia, para luego llenar el silencio resultante con unas desgarradas notas de trompeta. Y su penosa metamorfosis: de mocetón bien parecido a prematuro anciano por efecto de las drogas y de la misteriosa paliza en la que perdió los dientes. O lo que es peor aún: de la mirada relativamente despejada y uno diría que casi inocente de aquel mocetón a esos ojos hundidos, animados apenas por una llama de malicia y cinismo. Asistimos a esa transformación en Let's Get Lost, el duro documental que le hicieron apenas unos meses antes de que se arrojara por la ventana de un hotel de Amsterdam, a los cincuenta y nueve años. Llama la atención lo que dicen de él las personas que lo trataron: sus mujeres, sus hijos, su madre, algún amigo. Todos se muestran decepcionados, todos acaban describiéndolo como un manipulador... Y lo era, quizá, como sólo saben serlo quienes poseen un gran don y comprenden pronto que éste lo mismo sirve para embelesar a un público que para convencer a un contrariado amigo para que te preste un dinero que no le piensas devolver y que te vas a gastar inmediatamente en drogas. Quizá lo segundo valga por lo primero, y lo que importe sea eso: las novecientas canciones que grabó, o las actuaciones en las que, sobreponiéndose a su atormentada realidad humana, alcanzaba a tocar algo que los demás sólo podemos rozar vicariamente: una especie de belleza que sólo logra expresarse mediante la melancolía, pero que es anterior y superior a la melancolía misma, y que atañe a verdades que exigen, para revelarse, una renuncia previa a la individualidad, un quemarse en aras de algo que, ya alcanzado, no es nada y lo es todo, y deja deslumbrados para siempre -y ciegos, por tanto- a quienes llegan a entreverlo.

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