miércoles, marzo 05, 2014

ESPESO


"Vendimos mil ejemplares", me dice este conocido con el que me he parado a hablar por la calle, y que ha aprovechado la ocasión para referirme algunos multitudinarios logros de la poesía local. Ciertamente, vender mil ejemplares de un libro de poesía es una hazaña notable: lo normal es que no lleguen a agotarse siquiera las exiguas tiradas de quinientos que se hacen de la mayoría de los libros publicados. El referido éxito de ventas, desde luego, va unido al entusiasmo que éstos poetas locales ponen en lo suyo. Lo que me hace pensar que la afición a la poesía está más extendida de lo que se cree, y que posiblemente no haya pueblo mediano, o incluso muchos pequeños, que no cuente con una activa y entusiasta agrupación de aficionados a la poesía que se pasan el año organizando lecturas, certámenes, homenajes, etc. Si esto fuera como digo, el número de potenciales lectores de poesía en España podría calcularse en varios centenares de miles, tirando por lo bajo... Y si todos estos aficionados compraran, pongo por caso, diez libros de poesía al año, las editoriales que se dedican a esto tendrían asegurada la ganancia. Por qué no ocurre esto es un misterio. Se dirá que todas esas tertulias locales son, esencialmente, endogámicas, y su objeto no es tanto compartir el gusto por la poesía como constituirse en sociedades de aplausos mutuos. Es comprensible. Pero lo uno no quita lo otro. ¿No cabría, entre encomio y encomio, dedicar unos minutos en esas reuniones a comentar lo último que cada cual ha leído, las novedades que cada uno de los asistentes ha sido capaz de espigar en su última visita a una librería? He ahí eso que llaman los economistas un "nicho de mercado" por explotar. 

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La conversación, en todo caso, me ha distraído de mis cuitas, en una mañana en la que he amanecido con la cabeza más bien espesa. Es curioso: me prometía un día igual de apacible que el anterior, que fue uno de esos en los que uno se siente en plena forma desde primera hora de la mañana y, haga lo que haga, parece que no se le acaban las energías ni la capacidad de concentración y disfrute. Me desperté temprano, a la vez que M.A., que sí tenía -yo no- obligaciones laborales. Me pasé casi dos horas leyendo en la cama; y luego, todavía con toda la mañana por delante, salí a hacer algunos recados, que todavía me dejaron tiempo para sentarme un par de horas a escribir. El día de hoy tendría que haber sido igual. Pero no: la noche anterior tardé en conciliar el sueño, y el resultado fue que me levanté mucho más tarde de lo habitual y con dolor de cabeza. Desayuno sin apetito y me cuesta un mundo decidirme a vestirme para ir a correos. El resto ya lo he contado. La misma disponibilidad de tiempo, la misma climatología prometedora después de estos días grises, la misma disposición a sacar partido de estas mañanas sustraídas a las rutinas laborales... Y, sin embargo, es uno el que no está a la altura de todas estas circunstancias favorables, es uno el cenizo y el aguafiestas... Como para quejarse. Y ante quién.

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Persiguiendo a K. para que no arañe el sofá, intento agarrarla mientras se me escapa por el filo de una mesa y el resultado es que el pobre animal trastabilla y pierde pie, en lo que me parece que ha sido una mala caída. Se aleja de mí, no sé si con el cuerpo lastimado o con la dignidad herida. Pero al rato vuelve y se frota contra mi costado, como buscando congraciarse con el causante de su daño. Quién dice que los gatos son rencorosos. Ésta desde luego no lo es; en todo caso, astuta, dentro de su humildad: sabe que su gesto me desarma por completo; y que ahora soy yo, con mis caricias, quien busca congraciarse.

2 comentarios:

arati dijo...

Por motivos no sólo presupuestarios sino también de espacio vital, hace tiempo que los libros que compro son de poesía... la narrativa, en la biblioteca.

Algunos lectores de poesía quedamos, ¿aún o cada vez más?

no sé.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo creo que hay los de siempre, pero quizá más dispersos y desorientados que nunca. Digo, no sé.