lunes, marzo 10, 2014

LATET ANGUIS IN HERBA

Desde la ladera de Sierra Alta, el valle parece obra de uno de esos pintores primitivos que no sacrificaban el detalle a la visión de conjunto, y en los que se adivinan horas y horas de trabajo minucioso para perfilar cada casa, cada árbol, cada oveja. También uno se demora en contemplar esos detalles, pese a que el motivo por el que hemos apartado los ojos de nuestra labor -buscar espárragos- era precisamente descansar la vista de ese extenuante escrutinio. Pero no es lo mismo intentar distinguir la forma de un espárrago verde entre una compacta masa de verdes que recrearse en la infinita variedad del paisaje y en la nitidez de los trazos con la que cada uno de sus componentes aparece bajo la luz dorada de este primer día despejado de la anteprimavera. 

Aprender a ver, ése es el secreto. Ver lo nítido y claro, pero acabar distinguiendo también esa nitidez y claridad en lo que, en principio, se presenta confuso, hasta que uno descubre que esa confusión es la que ofrece cualquier alfabeto desconocido hasta el momento en el que constatamos que es un conjunto limitado de signos que se repiten y que, por ese mismo efecto de ilimitada repetición, contiene el infinito y ofrece la clave para interpretarlo. Y es como leer, ya digo, sólo que los trazos son aquí, quizá, más intrincados que en cualquier otra escritura. Los espárragos, por ejemplo. Mete uno la hoja de la navaja entre los espinos y escudriña el corazón de la mata hasta que, de su entraña, surge ante la vista el trazo firme, limpio, del brote nuevo. Estaba ahí, ante tus ojos, más nítido incluso que todo aquello que veías en primera instancia. Pero no estabas preparado para verlo, y sólo la progresiva educación de la vista, su adecuación a estas particulares condiciones de visión, te permitirá ir abreviando el proceso en ulteriores tentativas. 

Lo que, no sé por qué, me recuerda otro curioso efecto visual que responde, quizá, a la querencia contraria: la que, al hojear un libro, nos lleva a distinguir en algunas páginas palabras que, cuando nos detenemos a leer más despacio, constatamos que no están allí, y que son sólo el resultado de la superposición de dos palabras próximas de las que el ojo ha querido hacer una sola. Lee uno, por ejemplo, "crótalo", y cuando quiere indagar por qué demonios aparece esa palabra en el texto que tiene delante, descubre que no hay tal, y que las que se han fundido en esa ilusión óptica son "corola" y "pétalo", por ejemplo.

Entre no ver lo que se tiene delante y ver lo que es sólo una creación sintética de la mente debe de haber varios estadios intermedios. Y quizá el más peligroso de todos ellos sea la simple visión aletargada, perezosa, rutinaria de nuestro mirar diario. Ver sólo lo que el hábito o las convenciones establecen que se debe ver. Teme uno esa pereza, esa cómoda ceguera. Y me acuerdo del aviso para navegantes que nos dejó Virgilio, con esa urgencia que no todo el mundo sabe apreciar en la poesía bucólica: latet anguis in herba. En la hierba se esconde la serpiente.

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