martes, marzo 11, 2014

NECROLÓGICAS


Creo que ésta es la primera vez que escribo en este cuaderno la palabra "Facebook" o hago mención expresa de esa volandera burbuja que, no sin notable cursilería, llamamos "redes sociales". Las utiliza todo el mundo, por lo que no creo que el hecho de que en ellas se relacione uno con otros escritores, y que entre ellos figuren no sólo aquellos a los que trato habitualmente, sino también otros con los que quizá nunca me hubiera relacionado de no mediar este artificio comunicativo, sea digno de reseña o constituya una anomalía sociológica. Tampoco hay que excusarse por estar ahí, como también parece un poco fuera de lugar vanagloriarse de lo contrario. Supongo que unos están porque les divierte, otros porque supone un paliativo de la falta de eco o respuesta social que normalmente tiene la labor del escritor, y otros porque añaden, al personaje esquivo que normalmente representan en cuanto que escritores, esta otra máscara más accesible y campechana. En mi caso, puede que tengan alguna parte las dos primeras razones mencionadas, aunque la excusa que me doy a mí mismo para entrar en estos foros -y añado Twitter, Google+, etc.- con más frecuencia de la que debiera es que los uso exclusivamente como plataformas de difusión del proyecto literario que supone este "diario abierto"; y porque, una vez en ellos, sigo de cerca el trabajo o el pensamiento de otras personas, escritores o no, con las que me es grato mantenerme en contacto.

En fin. Haga cada cual lo que le apetezca y no se permita nadie juzgar a los demás con una severidad que quizá no se aplica a sí mismo. Qué duda cabe de que, en cuanto que escritores, nuestra presencia en estos foros supone ventilar en público ciertos tics gremiales que antes no trascendían más allá de los lugares habituales de encuentro de las gentes de la profesión o, a lo sumo, las páginas culturales de los periódicos. Y que esta curiosa mixtura de reflejos gremiales y mundanidad sin pretensiones dé lugar a algún que otro malentendido. Pienso, por ejemplo, en lo mucho que se ha escrito en estas redes sobre la muerte reciente de algunos poetas; y más cuando, a raíz del tercero de estos fallecimientos y su consiguiente ola de comentarios de sabor más o menos necrológico, ha tenido lugar el inevitable reflujo de comentarios cínicos o mordaces respecto a la necesidad de esas efusiones fúnebres, su sinceridad y el posible oportunismo de quienes las suscriben. Bueno. Tienen razón quienes nos han prevenido contra el exceso, como la tienen también quienes argumentan que quizá esos poetas hayan recibido más adhesiones y declaraciones de admiración una vez muertos que cuando vivían y eran accesibles. 

Por supuesto, no todo el que escribe unas líneas en recuerdo de un colega muerto pertenece por derecho propio al restringido círculo de quienes pueden y deben dolerse por la pérdida de un ser querido. Pero no hay que olvidar el factor añadido de cercanía que supone la escritura o incluso la mera presencia física de libros de esos escritores en la casa de uno; libros que quizá ahora hayamos vuelto a abrir como si nos asombrara que quien se esforzó por escribirlos y publicarlos, y también por reclamar la atención del público hacia ellos, ya no esté ahí para respaldarlos. No creo que estas cortesías póstumas tengan que ser objeto de la maledicencia o cotilleos de un patio de vecindad. Ningún doliente llega al extremo de afearle al extraño que viene a ofrecer sus condolencias su presunta indiferencia en vida hacia el fallecido, y no veo que lo que no hacen los dolientes hayan de hacerlo los simples curiosos. 

Quien esto escribe aceptó en su día redactar para un periódico una cuartilla en recuerdo de un escritor al que había tratado durante décadas, y muy especialmente en los meses anteriores a su muerte; sobre otro de los escritores fallecidos no dijo nada, porque en ese caso no existían esos factores de cercanía; y sobre el tercero se permitió constatar un azar de lectura. No sé si eso me convierte en sospechoso de oportunismo o sentimentalismo. Tiene uno la impresión de que nadie sale del todo impune al exponerse en según qué lugares. Pero... 

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