miércoles, marzo 12, 2014

OBRA TERMINADA


"A cierta edad... comienza uno a tener la sensación de que está terminando con lo que ha constituido casi todo cuanto le interesa y le justificaba su estar en este mundo...". Me impresionan estas palabras que José María Álvarez antepone a su último libro de poemas; que contradicen, en todo caso, el sano vitalismo que desprende el poeta en otro libro que he leído últimamente: el que recoge sus conversaciones parisinas con Alfredo Rodríguez. Quizá haya una melancolía, digamos, filosófica -por atañer a las convicciones íntimas de uno-, que no está reñida con el goce del vivir. No sé. En cualquier caso, no he podido evitar aplicarme el cuento. Tengo unos años menos que el poeta en cuestión, pero los suficientes como para sentir que empieza uno ya a cerrar ciclos, a dar cosas por concluidas, a prometerse treguas y descansos no sé si merecidos, pero en todo caso anhelados. Los hijos crecen, los libros escritos alcanzan una cifra respetable, la carrera mundana que a uno le tocaba recorrer empieza a mostrar sus límites. Y si uno, gracias a Dios, conserva la curiosidad y no se ve del todo falto de ideas y proyectos, lo cierto es que ya no siente hacia los mismos la adhesión incondicional de quien no ha experimentado su dosis de decepciones. En fin. Pero no, no firmaré nunca una declaración de obra terminada. Entre otras cosas, porque lo verdaderamente importante de esa obra, aquello a lo que uno aspiraba a llegar... sigue ahí, inalcanzable.

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Miro las cuartillas de cierto trabajo académico al que estoy dando fin. Los primeros pasos del mismo los di... hace treinta años. Ahora no me deparará ninguna ventaja académica o profesional, más allá de la satisfacción de haberlo concluido. Y me acuerdo del viejo Smiley, el espía de John LeCarré, dedicando los últimos años de su vida a la confección de una monografía sobre el poeta Opitz, mientras a su alrededor se teje una espesa trama que, en el momento en que se escribió la novela, parecía de pura política ficción, pues hablaba del aparentemente inviable independentismo de las naciones bálticas, que entonces eran parte de la URSS... Quién sabe. Nadie percibe que a su alrededor se está gestando un torbellino, y que éste, con toda su fuerza impredecible, nos acabará arrastrando.

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No falla: todos los años nos adelantamos a la primavera. Hoy ya la cafetería estaba vacía, porque todo el mundo había salido a desayunar a la terraza donde, a pesar de la buena voluntad de todo, seguía arreciando un viento gélido. Pero había, no sé... como un cambio de matiz en la luz. Y eso bastaba.

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