martes, marzo 18, 2014

OÍR

"¿Los oyes?", me dice M.A. Pero anda uno metido en su nube de ruido: la radio encendida, el bullebulle dentro de la cabeza, la subsanable pero frecuente ceguera -o sordera- ante el entorno. "No", le digo, a la vez que aguzo el oído y algo de la trama sonora que sirve de fondo a estos ruidos inmediatos empieza a hacerse audible. "Apaga la radio", insiste. Pero el silencio inesperado opera como la propia desnudez, que es más grata cuanto más inconsciente es uno de ella. Por eso no oigo apenas, sólo intuyo; hasta que, en un gesto reflejo, vuelvo a encender la radio, que habla de las naderías de siempre, las trapacerías que los políticos hacen al amparo del consentimiento implícito de la ciudadanía, las guerras lejanas o cercanas... Vuelvo a apagarla. Y ahora sí, ahora sobre el silencio de fondo -limpio y nítido, como corresponde a un paisaje despejado en un día de primavera anticipada- se destaca la trama clara del canto múltiple de los pájaros. Me parece mentira haber permanecido sordo a él hasta este mismo instante. Y estaba ahí: confiado, insistente, gratuito. La ciencia -la "verdadera hija del Tiempo" que decía Poe- nos ha enseñado que esos cantos obedecen a motivos precisos, tales como la delimitación del territorio, la comunicación de la presencia de depredadores o la simple proclama, para quien le interese, de que su emisor ha sobrevivido a los peligros de la noche... También, cómo no, al afán de atraer a la posible pareja. Pero todo eso, toda esa inercia causal de los actos, no explica la belleza del resultado, ni  la evidencia de que sus inconscientes artífices parezcan disfrutar -es decir, cumplir su razón de ser en el mundo- por el mero hecho de tejer esa música unánime. Me siento avergonzado por no haberla percibido antes. Hubo días felices en que ese canto me acompañaba desde el amanecer.

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