jueves, marzo 13, 2014

PESADILLAS

Después de ver la confusa adaptación que Brian de Palma hizo de La Dalia Negra de James Ellroy, busco un poco de esclarecimiento en un documental sobre el caso que en su día emitió Canal Historia. Y el detalle que más me llama la atención es la posibilidad de que el asesino se inspirara, a la hora de efectuar las horrendas mutilaciones y manipulaciones a las que sometió el cadáver de su víctima -una desventurada chica que buscaba fortuna en Los Angeles-, en las ideaciones "surrealistas" de Man Ray; en concreto, en la fotografía que tituló "El Minotauro", inspirada en un cuadro de Picasso, y en la que el torso y brazos de una mujer desnuda recuerdan vagamente, por su disposición, la cabeza de un toro... 

No quiero seguir por este camino. No es demasiado difícil emparentar el arte del siglo veinte con las patologías criminales, y resulta un tanto inquietante que los primeros en efectuar este análisis fueran los nazis y sus teorías sobre el "arte degenerado". Pero... Lo dejo ahí, con un nudo en el estómago y un cierto disgusto de mí mismo por haber dedicado tiempo y energías a estas indagaciones morbosas. He leído demasiado a Poe en los últimos tiempos.

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Puestos a recordar algunas películas perturbadoras vistas últimamente -y tampoco demasiado buenas-: El chico que conquistó Hollywood, por ejemplo, la biografía de Robert Evans, el productor que alcanzó el éxito con películas como Love Story, La semilla del diablo o Chinatown,  y luego cayó en una de esas espirales autodestructivas que parecen copiadas del argumento de Ha nacido una estrella, y que le dejan a uno siempre la duda de si esas historias son del todo reales o circulan por ahí para que los demás mortales, los que no hemos conocido nunca el éxito fulgurante o la fortuna desbordada, pensemos que en el fondo hemos tenido suerte...; o esta otra, más inquietante aún: Gainsbourg, vida de un héroe, una imaginativa manera de contar la vida del feo Serge Gainsbourg, cantante y compositor francés famoso por haber compuesto la primera y quizá única canción pornográfica -para los niveles de entonces- que conoció un éxito similar al de Emmanuelle y otros productos del género: la afamada Je t'aime moi non plus, con su fondo de gemidos -dicen que de Brigitte Bardot- y su explícita letra ("tu vas et tu viens entre mes reins..."). Lo interesante es que no sólo fue autor de esta nadería, sino también de unas cuantas memorables gamberradas que lo convierten en una especie de "punk" avant la lettre, y entre las que figuran su Nazi rock o su Reggae marseillaise, una broma sobre el himno francés que muchos compatriotas del autor encontraron intolerable. Puesto a elegir, entre la peculiar especie de inadaptados que producen los excesos del sueño americano y los surgidos de esa especie de cansancio de vivir que caracteriza a la gran cultura europea en su conjunto, me quedo con los segundos. Pero tampoco. 

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Se ve que últimamente me van las pesadillas. Lo es, y en muy alto grado, El beso mortal (Kiss Me Deadly), la magnífica película de Robert Aldrich, ambientada también en un Los Angeles fantasmal que -lo sé ahora, después de haberme documentado sobre la sórdida historia de la Dalia Negra- apenas desmerece del real, y en el que cabe incluso una moderna prefiguración del mito de Pandora y su caja de los horrores, representado esta vez por un cofre que oculta lo que parece ser -aunque no se aclara- una muestra de un letal mineral radiactivo. 

Mitos: esa manera "postmoderna" -leo- de poner un poco de orden en la realidad.

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