lunes, marzo 31, 2014

VECINOS

Durante todo el fin de semana las ventanas han permanecido cerradas a cal y canto. Sin embargo, el hecho de que el único coche aparcado en la calle desierta estuviera junto a la puerta de esta casa que se alquila los fines de semana nos hizo pensar, a nuestra llegada, que había gente en ella. De inmediato, los ruidos que nos llegaron del otro lado de la pared nos confirmaron esa primera impresión: voces en la cocina, pasos en la escalera, ajetreo de gente impaciente por hacer suyo un espacio extraño. Luego, lo que temíamos: el televisor a todo volumen, primero, y luego una sucesión de pitidos, zumbidos, explosiones, acompañados de las exclamaciones de entusiasmo o contrariedad con las que suele acompañarse el desarrollo de un juego electrónico de habilidad o acción. Fastidiados por ese estruendo, decidimos salir a dar un paseo. Nada había cambiado en la casa vecina: las persianas seguían echadas y la chimenea apagada. 

Al cabo de media hora, vuelvo yo solo: hemos quedado para cenar en casa de unos amigos y he venido a buscar una botella de vino. Como es temprano aún y ahora no se oye a nadie en la casa de al lado, decido hacer un poco de tiempo y me siento con un libro frente a la chimenea. Caigo en la cuenta de que hacía semanas que no disponía de un momento así de tranquilidad. La casa está caldeada, el libro -una bonita edición del último inédito rescatado de los archivos juanrramonianos- me atrapa de inmediato. Retengo esta frase: "Creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad y la impaciencia". Asiento. Y justo en ese momento me llega el primer sonido inconfundible: un gemido ahogado, y luego otros, hasta que acaba tomando forma la secuencia sonora característica de un explosivo orgasmo femenino, seguido de una larga pausa muda y luego de unos pasos amortiguados, como de alguien que camina descalzo y va de acá para allá recogiendo -imagino- prendas dispersas... Dejo el libro sobre la mesa y tomo la botella que había venido a buscar. Y con ella en el bolsillo del abrigo, como un borracho, y también algo desorientado, salgo de nuevo al exterior. Ha anochecido, pero en las ventanas cerradas a cal y canto de la casa vecina no se distingue ni un reborde iluminado. Ahora sólo se oyen mis pasos en la calle vacía.

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