lunes, abril 07, 2014

AMARILLO Y BLANCO

Alterna el amarillo (el de la flor del tojo, el jaramago, la retama) con el blanco (del almendro, el espino albar, la manzanilla, el gamón). Alguna mota roja o morada. Y una luz azul. Se diría un paisaje de poema de J.R.J.


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Pero hay también lugares donde los colores se amortiguan o pierden su significación para sumirse en una tonalidad general que predispone a otra manera de ver las cosas; acaso porque el campo a plena luz, en primavera, deja de ser esa unidad de tonos y matices graduales en que consiste en otoño o invierno, o incluso en lo más crudo y aplastante del verano, y se fragmenta, se atomiza, en una explosión de rabiosas individualidades; y por eso se agradece que haya lugares capaces de sustraerse a ese afán general. Las umbrías, por ejemplo, como la que constituye la sombra de una encina grande circundada de altos matorrales de tojo o lentisco. Allí la luz es también azul, pero de otra manera: azul de fondo, de cueva marina, de madriguera. Un pájaro eleva su nota sobre el rumor de la fronda. Y parece que algo va a pasar o a manifestarse, como en esos cuentos en los que las hadas y los espíritus del lugar se dejan ver sólo en estos lugares recónditos. Pero nosotros, que vamos a lo nuestro, pasamos de largo. Hay una vereda abrupta que promete otras bellezas. Pero es tarde y no queremos que se nos haga de noche en medio del campo, así que, entrevista la ruta, la dejamos para otra ocasión.


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Combinan bien el espárrago y la tagarnina. El refinado amargor del brote solitario y la suculencia casi sensual de la hierba que se arrastra por tierra.

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