martes, abril 01, 2014

EL PERRO


Nos hemos visto antes, ¿recuerdas? Me saliste al paso una mañana de principios de invierno. Como hoy: cabizbajo, humilde, meneando el rabo y atento a la menor señal mía para acercarte a mí y dejarte acariciar el lomo, como si intuyeras mi simpatía instintiva hacia los criaturas castigadas a destiempo, recelosas, sólo huidizamente agradecidas. Esa mañana hiciste que te siguiera por los senderos más recónditos, en medio de una niebla espesa que borraba los contornos de las cosas y hacía irreconocible lo cotidiano. De vez en cuando, sin detenerte, volvías la cabeza para cerciorarte de mi presencia a apenas unos pasos de ti. Quise fantasear entonces con que me conducirías hasta un tesoro escondido, con que tus pasos me llevarían hasta alguna clase de revelación. La niebla de fuera, ya se sabe, nubla a veces también el entendimiento, o al menos embota el sentido de la realidad, si es que la realidad no es también otra visión borrosa, producto de una niebla que, por familiar, damos ya por descontada. Pero no: te limitaste a hacerme subir y bajar el camino de la ermita, a llevarme por las veredas más recónditas del Barrio Nazarí, a descubrirme uno o dos rincones que no me eran del todo reconocidos, pero que nunca había visto del modo en que los vi ese día.

Hoy parece que te has acercado a mí con las mismas intenciones. También has acudido a mi llamada y te has dejado acariciar la cabeza. Y luego te has adelantado unos pasos y has mirado hacia atrás, como invitándome de nuevo a seguirte. Pero se nos ha echado la noche encima y he tenido miedo.  

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