miércoles, abril 23, 2014

EN EL DÍA DEL LIBRO


Puede que esté mal decirlo precisamente hoy, en el Día del Libro, pero la verdad es que nunca he sentido el impulso de hacer proselitismo a favor de la lectura. Creo, eso sí, en la necesidad de que los libros estén al alcance de quienes los reclaman; pero no en la de convencer a quienes no leen de las bondades de hacerlo. ¿Para qué? El gusto de la lectura no se transmite con argumentos, sino más bien por ósmosis... En mi caso, creo que mi afición a leer se debe a un deseo más o menos inconsciente de participar en la felicidad que adivinaba en otras personas que leían sin hacer de ello ostentación alguna. Una felicidad que era también una deseable forma de autosuficiencia, porque leer es una manera de hacer confortable la soledad. Y quizá por eso el número de lectores necesariamente ha de disminuir en un mundo cada vez más gregario y en el que la soledad voluntaria y aceptada resulta incluso sospechosa.


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Lo mejor de nuestra literatura -quiero decir, el medio centenar de clásicos que bastan para que una persona pueda alegar cierta familiaridad con el núcleo más fértil y permanente de la misma- puede encontrarse en cualquier mercadillo callejero por unos céntimos; es decir: su valor material es el de la chatarra o los desechos, y a veces ni eso. En esos mismos mercadillos encuentra uno los best-sellers de ayer a precios irrisorios: libros que hace apenas cuatro o cinco años se vendían por veinte euros o más ahora cuestan uno... Para mí, que no tengo ninguna urgencia por leer ningún libro de actualidad en el momento en el que se publica, esta disponibilidad es un regalo, y además me permite hacerme con ciertos libros en el momento en el que ya han circulado lo suficiente para que me lleguen bien recomendados.  Siempre me ha llamado la atención esa sobreabundancia. Tan inútil, por otra parte, ya que esta disponibilidad no parece que sirva para poner esos libros al alcance de todo el mundo; sino, por el contrario, afianza en quienes pasean su mirada indiferente por los baratillos la idea de que cuanto allí se encuentra es puro desperdicio, una mera excrecencia de la que quienes la padecen se libran como pueden.


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El único privilegio que debo a mi dedicación semipública a la literatura: que un número notable de libros afluya a mi casa sin que yo los haya pedido ni buscado; y que, en esa afluencia, haya a veces alguno que parecía destinado expresamente a mis manos, y que por eso mismo me buscaba incluso con mayor determinación que la que yo mismo hubiera mostrado si, previamente advertido, hubiera querido adelantarme a ese encuentro ineludible.    


(Imagen: Lectora, témpera de Manuel Morgado

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