lunes, abril 28, 2014

EN PRECARIO

Hace un espléndido día primaveral, las terrazas están llenas de gente y por los comercios ha corrido la consigna de abrir en festivo porque hay tres trasatlánticos atracados en el muelle y habrá centenares de turistas, dicen, recorriendo las calles del centro... Se percibe en estos días de post-crisis, o de crisis atenuada por un cierto hartazgo de la gente hacia las penurias recientes, como una especie de alegría impostada: todo el país es, literalmente, un puerto engalanado a la espera de turistas, de inversores, de dinero que fluya. Al reclamo acuden también los mendigos, los tullidos, los vendedores de baratijas; y esa exhibición del dolor humano en coincidencia con la apertura a deshora de las tiendas y la impresión general de desorientación en la multitud que va de un lado a otro dan a la ciudad un aire de puerto norteafricano, de zoco donde todo se compra y vende en precario y donde sólo se tasa alto una especie de alegría de vivir que parece responder, más bien, a los dones del clima y al talante heredado... Y bien está que así sea. Peor sería sobrellevar todo esto con el ánimo sombrío.

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Y el caso es que a uno, pese a todo, se le ha ensombrecido el ánimo. En una mañana tan esplendorosa como ésta a alguien se le ha ocurrido convocar un acto literario en un local que, por contraste con la expansión general de la vida que se observa fuera, parece más oscuro, cerrado y falto de ventilación que en circunstancias normales. Se da el caso, además, que arrastra uno una leve afección de oído por la que se le hace muy molesto el fragor de un espacio cerrado lleno de gente. Así que, cuando acaba el compromiso y salgo por fin a la calle, lo hago con una inédita sensación de libertad recobrada. Pero ya se sabe que la libertad es, de todos los bienes del hombre, el más difícil de administrar. Aturdido y ansioso, una vez en la calle me cuesta armonizar el ánimo con el exaltado bullicio circundante. Me limito a dejarme llevar. Y me pasa como a esos objetos que se ven a veces flotar en medio del oleaje: suben y bajan, sí, y a veces dan la impresión de avanzar con el empuje de las aguas. Pero no se mueven de donde están.

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¿Alguien se acuerda de Esposa y amante, la desganada película de Angelino Fons en la que Concha Velasco paga su tributo a la moda del "destape"? La vi el otro día en televisión. Qué despliegue de moral estrecha para justificar un poco de exhibición de carnes. Y, sin embargo, resulta llamativa la adecuación de las trampas argumentales de la película a la realidad de muchas parejas de entonces. Cuántos adulterios no se urdieron, en esos años, sólo con el propósito de reafirmar la libertad propia; especialmente, por parte de mujeres previamente engañadas, que así proporcionaban a sus maridos, indirectamente, la coartada final que necesitaban... Estaban "experimentando", diríamos hoy; y a esos experimentos debemos, quizá, la sana libertad de costumbres que gozamos luego, al menos aparentemente; pero, también, no pocas confusiones, no pocas expectativas infundadas respecto a la elasticidad de los propios sentimientos, ay.  

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