martes, abril 22, 2014

GARCÍA MÁRQUEZ Y LAS GLORIAS DE ESTE MUNDO

Si a la persona de Gabriel García Márquez la ha matado la muerte -digámoslo así-, al escritor que fue lo están matando las exequias con las que los poderes de este mundo andan celebrándose a sí mismos con la excusa de honrar al muerto. Siempre ha sido así y no hay de qué extrañarse. Pero me cuesta creer que, después de, digamos, esta sobreexposición mediática, quede en el mundo un solo lector en condiciones de acercarse desprejuiciadamente a la obra del difunto. Tampoco parece posible que quienes nos iniciamos en la lectura cuando esa obra era ya un lugar común casi ineludible de nuestra actualidad literaria podamos ahora pronunciarnos serenamente sobre su valía; es decir, sobre lo que esa obra ha dejado en nosotros. Hace años, recuerdo, el escritor colombiano vino a Cádiz a recoger el modesto tributo de gloria que la capital de provincia estaba dispuesta a otorgar a una gloria mundial. El sarao lo organizó la Diputación, que fue quien repartió las invitaciones. Ni que decir tiene que uno no se contaba entre los bendecidos, lo que ni me importó ni me dejó de importar, y así se lo hice saber al responsable de esa institución cuando, semanas después, en un encuentro casual, me pidió disculpas por no haberme invitado, alegando problemas de espacio... No pude evitar que mi respuesta pareciera displicente, pero era absolutamente sincera: para mí el escritor colombiano estaba ya muy lejos de ser la figura que me cautivó, a mis diecisiete años, con el ciclo de novelas que culminaba en Cien años de soledad. Había leído con agrado libros suyos más recientes, pero Crónica de una muerte anunciada me pareció un juguete, y El amor en los tiempos del cólera una novela simplemente agradable, cuyo mayor mérito estribaba quizá en la capacidad de su autor para transmitir al lector, en una especie de guiño sostenido, su irónico desentendimiento de lo que se traía entre manos. 

Nadie podía reprochárselo, claro. Su mundo literario estaba ya creado, y su manera inicial de acotarlo, en el magistral ciclo de cuentos y novelas cortas que precedió a Cien años de soledad, es lo bastante elocuente sobre la intensidad con la que el universo imaginario de Macondo se le fue paulatinamente revelando. Quizá en otro tiempo literario, un escritor dominado por una obsesión semejante hubiera preferido administrarla de otro modo, antes que fundir doscientos posibles argumentos en una sola novela que agotaba en sí misma la posibilidad de escribir otras. De ahí que, después de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez deviniera un autor sin tema, condenado a administrar una fama que, como las floraciones desmedidas del trópico en sus novelas, crecía ya de manera imparable y lo alejaba de ese privilegiado momento en que prestigiosas editoriales le rechazaban los libros y el escritor se aferraba a esa inquebrantable fe que, en tales circunstancias, los escritores desarrollamos hacia nuestras criaturas. 

Hay quien, a raíz de su muerte, ha recordado la vida de millonario que el autor llevó en sus últimos años, sus casas en media docena de ciudades, su trato con los grandes de este mundo. Pero, al igual que un autor sin éxito no es del todo responsable de las sevicias aparejadas al fracaso, y no se le puede reprochar, pongo por caso, que escriba gacetillas sin interés en un periódico local o contienda por ganar un premio en unos juegos florales, a otro de éxito no le se puede echar en cara que haga las cosas que ese éxito conlleva. Nadie controla del todo su vida, ni a nadie puede reprochársele que, cuando le llegan los reconocimientos y los cheques, no se despoje de sus vestiduras y eche a andar desnudo por el mundo, como un nuevo San Francisco de Asís... A García Márquez le ha tocado ahora ocupar un puesto en el panteón de hombres ilustres del desmedido siglo al que sobrevivió. No sé si ése es el mejor destino posible para un autor cuyas mejores obras todavía pueden leerse.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy sensato y valiente comentario. Veremos lo que pasa cuando se asiente todo este polvo mediático. Encontrará su lugar, desde luego (a mi parecer) bastante menos relevante que el que ahora le inventan, y claramente menor que el de Rulfo, por poner un nombre. Pero es verdad que él tiene poca culpa de todo este barullo.

(Gatoflauta)