miércoles, abril 30, 2014

DESNUDEZ: UN DECÁLOGO

Nacemos desnudos y quedamos en disposición de ser desnudados cuando morimos. Que, en el intervalo, la desnudez esté fuertemente connotada por la voluntad de placer obedece evidentemente a un calculado olvido de esas otras dos circunstancias.


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La primera mujer que descubre sus pechos en la playa al llegar el buen tiempo tiene algo de pionera. Cuando se le suman otras y acotan, como suele suceder, todo un tramo de playa, ya están dados los ingredientes para la constitución de un deseable estado utópico a medio camino entre el paraíso terrenal y el reino de las amazonas.


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Hay quien, después de desnudarse al aire libre, siente un irrefrenable impulso de bailar.


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Siempre queda algo de niñez demorada en la redondez inocentona de las nalgas.


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En las playas con espacio suficiente, la desnudez nos hace equidistantes.


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Por lo mismo, un cuerpo desnudo bajo el sol y contemplado a una distancia de, pongamos, veinte o treinta metros parece siempre hecho de materia gaseosa.


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Hay cuerpos a los que la ropa no termina nunca de adaptarse; y no por cuestiones de hechura defectuosa, sino porque, en ellos, la piel es ya un vestido y sobra todo lo demás.


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Una vez establecidas ciertas confianzas, vestirse delante de alguien da siempre mucha más vergüenza que permanecer desnudo.


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Hay prendas de vestir que añaden sólo un énfasis.


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No creo en la superioridad de unas culturas sobre otras, pero a la tradición judeocristiana le concederé siempre el beneficio de la duda por habernos imaginado desnudos en el paraíso. 

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