lunes, abril 21, 2014

PINTURA

El Guadarrama pintado por Aureliano de Beruete. Es el cuadro que me esfuerzo por retener en mi visita a la exposición dedicada a la Generación del 14 en la Biblioteca Nacional. En realidad, este hábito de aprovechar los viajes a Madrid para ver exposiciones responde más al afán de callejeo que a cualquier otra cosa. Pasea uno por estas salas y se pregunta si, de verdad, lo que será capaz de recordar al final del recorrido valdrá lo que el tiempo invertido en detenerse ante cada cuadro o vitrina, leer los rótulos, asentir ante esa especie de autoridad convencional que emana de lo que otros previamente han juzgado lo suficientemente valioso como para merecer el honor de ser expuesto. Sí, se limita uno a dejarse llevar. Al fin y al cabo, la gente que se concentra en una mañana de primavera en un lugar como éste refuerza en uno, aunque sea con algún que otro reparo, la ilusión de una humanidad civilizada y culta, que no vocifera ni se empuja, y que ni siquiera ensucia demasiado los servicios, que suelen estar impolutos en estos lugares.... Pero no basta con recrearse en esta fantasía gregaria; hay que llevarse algo a cambio. Y por eso me esfuerzo en retener, al menos, una imagen valiosa de cada una de estas exposiciones: la ya mencionada vista del Guadarrama, un "nocturno en Haarlem" de Regoyos, capturado en el cercano Museo Thyssen -y aquí el afán de apropiación es incluso mayor, porque la entrada es de pago-, cierta composición picassiana en amarillento y envejecido papel recortado, expuesta dentro de una urna como si se tratara de la última travesura de un niño que murió hace años... En la calle, un sol de verano anticipado. Desde la excelente cervecería de la esquina de la calle Cervantes oteo las oleadas de la multitud que pasa. También ellos, como yo, se limitan a dilapidar la mañana en esta calle de exposiciones y museos. Y no sabe uno qué se hace notar con mayor intensidad: si la insuficiencia del arte o la insuficiencia, acaso más notoria, de la vida.


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Para ver la obra de este otro pintor no hace falta guardar cola. El cuadro se extiende a lo largo de kilómetros, al norte de la carretera de Extremadura: sobre un fondo de lejanías borrosas, a media altura entre el horizonte de nieblas bajas y un dosel de nubes, las cumbres nevadas de la sierra de Gredos. 


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Regoyos ante un desnudo de Manet: esa carne pintada, dice, tiene más de viande que de chair. De carne apetitosa, de la que se come, más que de esa otra que es simple materia mortal. Lo leo en una de las cartas del pintor, expuesta en una vitrina: también, como el recortable picassiano, un papel tísico, quebradizo, como a punto de volatilizarse. Y da que pensar que ese comentario lujurioso haya sobrevivido a la persona que lo hizo y al estremecimiento de imaginado gozo que lo motivó.

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