jueves, abril 10, 2014

REGRESIONES

En el autobús. Posiblemente estudiantes de filología inglesa: en la misma conversación mezclan una discusión en torno al contenido de Un mundo feliz, la novela de Huxley, y una embelesada contemplación de alguna tontería que una de ellas tiene grabada en el móvil. Y la verdad es que, en sus voces, tan absurdo e inconsecuente suena lo uno como lo otro. 

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Yo también he dedicado la tarde anterior a mis arduas pesquisas universitarias. Hojeo una sesuda compilación de artículos. El libro está anotado y subrayado, e incluso tiene algunas hojas con el pico plegado a modo de marcapáginas. A mi alrededor, en la biblioteca, unas decenas de estudiantes, casi todos ellos enfrascados en las pantallas de sus portátiles. Me animo a pedir uno en el mostrador; pero el encargado me dice que tengo el carné caducado, y que no me lo puede actualizar si no le presento tales o cuales documentos acreditativos de mi sobrevenida condición de estudiante... A mis años. Por un instante, revivo mis primeras mañanas en este mismo recinto -aunque no en la misma ubicación: entonces se encontraba en otro viejo edificio situado a unas cuantas manzanas de aquí-, mis inseguridades de entonces, la inercia con la que mantenía mi aplicación a los estudios, y la llamada constante a la dispersión, cuando no a cierta inocente disipación de estudiante pobre. Lo era, y mucho, entonces. Tenía que elegir entre gastarme mi presupuesto del día en el billete de autobús o en tomarme una cerveza con el retén permanente de desocupados atrincherados en el bar. Unos días hacía una cosa y otros días otra. Tampoco había muchas más opciones. Las clases perdidas eran fácilmente subsanables: bastaba con leerse la página del manual que seguía el profesor. Aún así, me sentía un privilegiado: las exigencias eran mínimas, mi fantasía grande, y tenía una magnífica biblioteca a mi disposición; y ese estado de cosas iba a durar cinco años; que ahora, salvando mis neuras y mis ya aludidas inseguridades de entonces, considero los mejores de mi vida.

Pero el contrariado hombre de perilla blanca que abandona la sala porque no le han querido prestar un ordenador tampoco se queja. Treinta años después, casi me siento como entonces. Más o menos.

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Dejar rastro, sí. Pero no de baba.

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