martes, mayo 13, 2014

BECERROS

Sin darnos cuenta, nos habíamos dejado rodear por el rebaño de vacas y toros que pastaban tranquilamente en la falda del Cao. Hicimos una pausa en nuestra recolecta de gamones y nos sentamos a la sombra. P. contaba sus accidentes en el campo, haciéndonos sentir la aprensión de que el terreno aparentemente firme que pisábamos estaba en realidad plagado de trampas, y que bastaba un paso en falso o un descuido para que el suelo cediera bajo tus pies o la laja de piedra sobre la que descansabas volteara y te aplastara. Exhibía sus heridas como prueba, mientras exhalaba largas bocanadas narcotizantes de su cigarrillo. Mientras tanto, un par de becerros se nos habían ido acercando y nos miraban desde detrás de unas matas. Ninguna otra criatura mira tan francamente como un becerro: ante esa mirada, no hay conciencia carnívora que no sienta un inmediato arrepentimiento por todos los filetes devorados a lo largo de una vida. Pero era grato ser objeto de esa curiosidad, que no veía en uno -como a veces los gatos cuando te olisquean para asegurarse de que sigues vivo- una posible presa o una inminente carroña, sino una inesperada novedad. Charlábamos y fumábamos y nos dejábamos acompañar por estas criaturas totémicas, ineludibles, vigiladas de cerca por la mirada resabiada de sus mayores, que tampoco nos quitaban ojo de encima, por si acaso... Esa misma noche los niños, pertrechados de nuestros gamones, danzarían alrededor del fuego; es decir, del misterio, que es lo que vislumbran todas las miradas que no se han cansado aún de ver el mundo. 

No hay comentarios: