lunes, mayo 12, 2014

BOTÁNICA LOCAL

Leo que en algunos lugares lo cultivan como pasto para el ganado; pero aquí crece casi espontáneamente en todas partes: en las cunetas, en los taludes y hasta en los muros y tejados. Ha estado siempre ahí, claro, pero este año la primavera tiene una cualidad escandalosa, como de explosión de gozo sin reservas, y el pipirigallo, que es la planta a la que me refiero, quiere ser la nota más alta y sostenida de este estallido coral. Piensa uno en esos milagros florales a los que tan aficionados eran los narradores del "realismo mágico": los campos de Macondo cubiertos de flores amarillas, etc. Pero no, este florecimiento súbito y alegre no tiene caracteres de epidemia o sarpullido, no anuncia una metástasis súbita, seguida de muerte y putrefacción. Aquí las cosas suceden de otro modo: lo verde se tornará dorado, lo tierno y húmedo se hará quebradizo y seco, y donde antes había flores quedará ahora la concentrada dureza del grano, de la baya, del fruto. Pero todo sucederá despacio, a su tiempo. Hemos cortado algunas varas: no nos ha parecido pecado hacerlo, en medio de esta casi abrumadora profusión. Ahora ponen una nota de color en nuestra casa. Y de ligereza en nuestro ánimo.


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Mientras M.A. se detiene a fotografiar las efusiones del pipirigallo en los muros derruidos, reparo en una especie de junco alto, sin hojas, rematado por una cápsula esférica que recuerda la de la adormidera. Los encuentro también en la linde de la huerta de J.A.M. En broma, le pregunto si se trata de algún cultivo estupefaciente, disimulado entre las tagarninas y los espárragos. Pero nos explica que son matas de ajoporro, una especie de ajo silvestre que los más viejos del lugar dicen que utilizaban para hacer sopas o como condimento. Como demostración, arranca una planta y nos muestra el bulbo, que efectivamente parece una cabeza de ajo común, aunque algo más pequeña. Y como al día siguiente hemos quedado en almorzar juntos, se compromete a llevar unas cuantas cabezas más, para cocerlas y probar a aviar con ellas un revuelto, como si se tratara de ajos tiernos. Así lo hacemos. Pero el sabor sutilísimo de esos dientes de ajo, todavía apreciable tras la cocción, se pierde casi por completo al mezclarse con el del huevo... Habrá que experimentar un poco más. Tal vez -pensamos- en tortilla, mezclado con borrajas, que también hemos aprendido a reconocer, y que nos aseguran, si seguimos por este camino, un cierto buen pasar como recolectores del Neolítico, o como emboscados, si es que alguna vez llega el momento de echarse al monte, que nunca se sabe...


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También dedicamos parte de la tarde a recolectar gamones, para que los niños los hagan estallar, a la noche, en la hoguera que se encenderá en medio de la plaza. La fiesta es originaria del pueblo vecino, donde dicen que las detonaciones producidas al golpear los tallos henchidos de savia hirviente contra las piedras sirvieron, en su día, para hacer creer a los invasores franceses que había una guarnición bien armada dispuesta a hacerles frente... No parece muy probable que el aguerrido ejército expedicionario que ocupó Andalucía se dejara engañar por una argucia tan tonta, pero eso dice la leyenda y no hay más remedio que acatarla. El caso es que hay algo mágico en ese extraño frenesí de los niños congregados alrededor de la hoguera, pendientes de los juncos que han puesto a calentar entre las brasas. De vez en cuando alguno acierta a hacer estallar el suyo con el efecto esperado. Y sí: entonces en las montañas parece resonar el eco de un disparo de alguna guerra lejana.  

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