jueves, mayo 29, 2014

DIETAS

"He vivido en una época en la que a menudo se juzgaba a un hombre en virtud de un cuestionario", leo en las primeras páginas de las Memorias de Iliá Ehrenburg. Y me acuerdo de los siniestros cuestionarios autoacusatorios que rellenaban algunos personajes de Vida y destino, la magna novela que Vasili Grossman, amigo y coetáneo de Ehrenburg, escribió sobre el estalinismo. Coincidió mi lectura de esa novela con una época en la que en mi medio laboral me asaeteaban con encuestas que recordaban algo a esas autoinculpaciones estalinistas. Fue por entonces cuando decidí no contestar ninguno de esos cuestionarios, o hacerlo siempre de manera lacónica e impersonal; y, a ser posible, devolviendo la pregunta, como dicen que hacen los gallegos, a quien me la hacía... Ahora me he relajado un tanto y ya no sigo a rajatabla esos principios, pero no por ello me he vuelto más elocuente en esos programados actos de contrición. A la autocrítica, que deriva siempre hacia la autoinculpación, prefiero el simple examen de conciencia, íntimo y secreto, que redunda siempre en autoconocimiento y lucidez. Pero vaya usted a decirle eso al comisario político de turno.

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La calidad de lo que comemos se parece mucho a la del alimento espiritual que habitualmente recibimos: pura basura en ambos casos. Me dice mi médico que ciertas picazones e indigestiones que relaciono con el consumo de pescado se deben a los conservantes que éste suele llevar. Aplíquese la misma regla de tres a ciertas desazones del alma. Y prescríbase la correspondiente dieta.

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