martes, mayo 27, 2014

EL FRUTO

La explosión de pipirigallos que nos alegró la vista hace apenas un par de semanas ha remitido. Quedan acá y allá unas pocas matas dispersas, menos altas y con menos flores que las de entonces. Y nos preguntamos qué ha sido de toda esa vitalidad. En algunos lugares -muros, bordillos, balcones- da la impresión de que han sido extirpados por la mano del hombre; pero eso no explica que la floración haya remitido también en los descampados y en las cunetas hirsutas, rebosantes de vegetación, donde no es imaginable siquiera esa clase de poda selectiva. En algunos lugares, no obstante, las matas permanecen, y lo que se aprecia es la sustitución de la flor llamativa por el mucho más humilde fruto, que es una vaina pequeña y apretada, como de guisantes inmaduros. Creo que ya dejé anotado que hay sitios donde esta planta se cultiva precisamente por el fruto, que se utiliza como pienso para el ganado. Viendo y palpando su delicada suculencia, me da por pensar que, en tiempos aun más desabridos que éstos, más de un hambriento habrá probado a cocer estos guisantes silvestres y llenar con ellos el estómago, como otros comían ajos porros -que también han florecido ya, por cierto- o algarrobas. El caso es que íbamos con la intención de cortar un nuevo ramo, para sustituir el que puso su nota de color y aroma en nuestra casa durante la semana precedente: pero, ante lo que nos parece un súbito retraimiento necesario de esa profusión de hace unos días, renunciamos a nuestro propósito. Su función era otra, y andan en ello.

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En este pueblo de recias y sanas costumbres saben cómo pagar las cosas. Por ser jurado del concurso de pintura al aire libre, por ejemplo, me han dado un queso -yo no lo como, lástima, pero ya habrá quien sepa dar buena cuenta de él-, una exquisita morcilla de hígado, un delicado salchichón. Y vuelvo a casa más contento que unas pascuas.

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Si los pueblos, dicen algunos, se retratan en las elecciones, no quiero pensar en la cara que se le habrá quedado a Europa después de estas últimas. La de un anciano esclerotizado, que sólo se anima un poco pensando en el daño que le puede infligir al vecino, o en la posibilidad de tener una última ilusión de calor como consecuencia de prender fuego a su propio sótano.

[Imagen: Bodegón con frutas y queso de Juan Sánchez Cotán]

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