lunes, mayo 05, 2014

OLORES

Me sobresalta el avance de un ciempiés sobre la piedra inmediata a mis propios pies metidos en la corriente fría del arroyo. Es una piedra-isla y parece que el animal no sabe cómo salir de ella. ¿Nadan los ciempiés? Éste, en cualquier caso, llega al filo del agua y sumerge en ella unas dos terceras partes de su cuerpo, en actitud tentativa, para luego volverse por donde había venido. Repite la misma operación en otros puntos del contorno, con idéntico resultado. ¿Quizá la corriente es muy fuerte? Pero si el animal tiene algún problema en remontarla o en dejarse llevar por ella, ¿cómo es que ha llegado hasta aquí? 

Quizá su desorientación es como la nuestra. Caminábamos bajo el sol del mediodía y nos hemos dejado convencer por el reclamo de la voz cantarina del río. Nos hemos descalzado y metido los pies en la corriente, y experimentado la misma sensación de irrealidad que llevaba a los poetas bucólicos a postular estos espacios cerrados, cubiertos por una cúpula vegetal que tamiza la luz y presta una resonancia especial al rumor del arroyo y a los cantos entrelazados de los pájaros, como ámbitos propicios a alguna clase de revelación; aunque no necesariamente -añade uno desde su descreimiento- de las que tienen como resultado la manifestación de alguna entidad espiritual, sino puede que, simplemente, de las que hacen posible ese necesario silencio en el que nos reconocemos cuando logramos acallar el bullebulle interno, las preocupaciones, las vanas inquietudes que nos impiden la comunión con lo inmediato. Y nos pasa entonces como al ciempiés: perdemos la noción de cómo hemos llegado hasta aquí; y, por lo mismo, nos asusta la sola idea de volver sobre nuestros pasos arrostrando no sabemos ya qué peligros, hacia el sendero que arde bajo el sol del mediodía y que es nuestra única vía de regreso a la realidad.

***

Recién duchado y oliendo a loción de afeitar. Me gustan las baratas y anticuadas, que tienen un no sé qué regusto a hombres aseados en un tiempo en el que la limpieza personal solía reducirse a un lavado de axilas y un buen afeitado... En el bar, al que acudo con el ordenador bajo el brazo para consultar mi correo, me lo notan. "Ah, ¿eras tú quien olía tan bien?", me dice la camarera. Y pienso que es uno de los piropos más hermosos que me han echado nunca.  

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