lunes, mayo 26, 2014

OPERACIÓN 'PLATERO'

En la cárcel. Platero y yo leído con acento rumano, dominicano o andaluz en sus distintas variantes. Celebramos el Día del Libro con los internos que frecuentan los talleres de lectura que imparte la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz, que es la entidad que me ha invitado a estar presente en el acto y a leer en él mis cosas. No es poco honor compartir público y espacio nada menos que con J.R.J. Y es un extraño privilegio que, para ello, a uno lo hayan dejado entrar donde otros muchos no sueñan con otra cosa que salir. 

La lectura tiene lugar en una sala luminosa y limpia. La verdad es que todo aquí lo es, incluyendo los espacios ajardinados, los patios sin un desecho a la vista y los interminables pasillos, que recordarían los de un aeropuerto, por ejemplo, si no fuera porque cada cierta distancia hay puertas que se abren y que, en cuanto las atraviesas, se vuelven a cerrar. He que decir que en ellos no existe la posibilidad de cruzarse con gente que vaya en dirección contraria. Quien desea entrar ha de esperar primero a quienes salen, y es por eso por lo que a veces se producen pequeñas aglomeraciones en el vestíbulo: por ejemplo, a la hora en que pretendíamos acceder al recinto los de la lectura (nosotros), el pastor del culto evangelista y algunos otros bienintencionados emisarios del mundo exterior, salían los internos que disfrutaban de un permiso de fin de semana, a muchos de los cuales los esperaban sus novias; lo que nos convirtió en testigos involuntarios (y, en mi caso, emocionado) de los abrazos con que sellaban los reencuentros; y eso a pesar de que, según me dice una de mis acompañantes, los amores entre internos e internas son también cosa frecuente dentro del recinto, y tienen un preciso ritual que incluye el enamoramiento a primera vista, el cortejo -a menudo epistolar- y luego la bendición de la autoridad penitenciaria, que es quien autoriza los subsiguientes encuentros... 

En eso, y en otros detalles, rigen las previsiones de un humanitarismo frío y científico, que es el que dicta también que es bueno que los internos lean y se distraigan. Para eso estamos aquí: "Leer me sirve para no estar todo el día dándoles vueltas a las cosas", me dice una venerable señora que ha leído a Cortázar; como otros -aquí se lleva uno grandes sorpresas- aseguran haber leído a Dostoievski "porque es un autor de un país vecino", me dice un atento chico rumano, en alusión a la adscripción de su país, teóricamente latino, al ámbito cultural eslavo. Ese mismo chico, por cierto, me pregunta si conozco a autores de su país, y en ese instante no logro recordar a ninguno, más allá del fascista Vintila Horia -que él no conoce- y del filósofo Cioran. Luego me acuerdo de una novela de Ana Blandiana que tengo en casa, pero que todavía no he leído... 

Pero no parece que mi ignorancia se me tenga en cuenta. Todos escuchan atentamente mi lectura, y agradecen luego que deje de leer y les pida que opinen o pregunten, lo que algunos aprovechan para formular las cuestiones de rigor: en qué me inspiro para escribir, a qué escritores leo, etc.; para culminar con el ofrecimiento de uno de ellos a recitar de memoria un poema suyo. "Cortito, ¿eh?", le dice una de mis acompañantes, que conoce el percal. Y el hombre -que posiblemente no sea mucho mayor que yo, pero está arrugado y desdentado como si tuviera doscientos años- procede a recitar un truculento romance de amantes que no esperan al enamorado que cumple condena. 

Nos hacemos una foto, para terminar. En otra sala más pequeña he visto las que ese mismo grupo cambiante -unos se van, otros llegan- se han hecho con otros colegas: con Felipe Benítez Reyes e Inmaculada Moreno, por ejemplo. Sé que también han estado aquí, aunque no he visto sus fotos, Antonio Serrano Cueto y Rosario Troncoso. Nunca he hablado con ellos de esto. Supongo que, como yo, agradecerían que, al cabo de unas dos horas, todas las puertas que se habían cerrado a nuestras espaldas volvieran a abrirse. Pensaba yo que todo esto me serviría para un cuento, y hasta tenía pensado el título: "Operación Platero". Pero no. Lo visto y oído aquí exige otro tratamiento, otra manera de interiorizarlo. De digerirlo, quizá.

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