martes, mayo 20, 2014

WALDEN

Es una lectura tardía. Pero el caso es que sé de este libro desde que tenía doce o trece años. Había un profesor que nos hablaba constantemente de él, en una época en la que, cuando a un adulto le daba por perorar sobre estas cosas, a los adolescentes no les quedaba otra que escuchar, lo que no pocas veces redundaba en su beneficio... Pero era raro, ya entonces, llevar en el bagaje de uno, a los trece años, que existía un libro llamado Walden, y que su autor, un americano llamado Henry David Thoreau, contaba en él la experiencia de haber vivido dos años en plena naturaleza, aunque no del todo aislado de sus semejantes, y las conclusiones que había extraído de ese temprano experimento; entre ellas, que el precio vital que pagamos por la posesión de bienes materiales resulta siempre excesivo, y que, por tanto, la renuncia a esos bienes supone siempre un beneficio tangible. No me las doy de anacoreta: tengo gran apego a mis modestas posesiones, mi espacio, mis libros, etc. Pero no me cuesta desentenderme de otra porción de cosas a las que la mayoría de mis semejantes tiene un enorme aprecio; y, en ese aspecto, no me siento demasiado alejado del autor de Walden. Cómo él, me bastaría una cabaña en la que cupieran mis papeles. Cómo él, mi radical individualismo me impediría confundir mi sueño de independencia personal con ninguna fantasía totalitaria. Si acaso, sólo diferiría de él en un punto: esa buscada soledad sería siempre soledad de dos, en compañía. 

Creo que el profesor aquel que nos hablaba de Thoreau se retiró a una casa con huerto y allí pasó sus últimos años. No sé si vive aún, ni si ese buscado apartamiento representa para él alguna clase de aproximación a los ideales que defendía en su juventud o, simplemente, es el rédito de toda una vida de aplicada existencia burguesa. Tampoco la vida de Thoreau responde en su totalidad a lo que predicaba en sus escritos. Nadie está a la altura de sus pensamientos más elevados; pero eso no rebaja la calidad de esos pensamientos: simplemente, los dota de una muy humana precariedad, que los hace más llevaderos. Sobre todo, si lo que nos proponemos no es ser santos, sino felices.

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