lunes, junio 02, 2014

EN LA ORILLA

En esta ciudad la playa hace las veces de esos grandes bulevares a los que la gente acude fundamentalmente a ver a los demás y a dejarse ver. Bueno, no es que nosotros viniéramos con esa intención; más bien, abordábamos nuestro primer día de playa con las expectativas contrarias: aquí se viene -pensábamos- a lo que se va al campo en los sitios donde lo hay: a tomar el aire, a ensuciarse los pies, a perderse. Pero no. Nada más llegar, nos aborda una pareja amiga que conocemos de nuestros fines de semana en la sierra. Es raro verlos en esta otra dimensión. Hablamos de pintura, que es el ramo del que entiende nuestro amigo. Nos anuncia algunos eventos venideros y nos cuenta que recientemente ha obtenido -él también pinta- una mención honorífica en cierto certamen... Resulta llamativo hablar de estas cosas a pleno sol y mientras a la espalda de mi interlocutor, cuya mirada no puedo escrutar porque se oculta bajo una gafas negras, tres chicas semidesnudas se tuestan sobre la arena; y me siento un tanto incómodo por permanecer parado precisamente allí, a pocos metros de ellas, como si mi propósito hubiera sido disfrutar un tanto abusivamente de la hermosa vista y no atender a mi amigo. 

Nos despedimos y cada cual sigue su camino. Saludo a otro conocido, que va caminando a buen paso por la orilla, y en el breve intervalo en el que mantengo vuelta la cabeza entra en mi campo visual una mujer que pasa corriendo y que también nos saluda. M. A. lee mi gesto de desorientación. "Es tu compañera C.", me dice. Pero yo le aseguro, un tanto temerariamente, que las piernas de atleta de la muchacha que acaba de cruzársenos no se corresponden con la idea que tengo -que no es que sea negativa- de las piernas de C... Seguimos el paseo y ahora es el poeta R. quien nos aborda y comunica que acaba de recibir cierta curiosa distinción honorífico-festiva que concede una conocida marca de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda... Piensa uno que el sol está empezando a afectarnos. Hablamos de esto y lo de más allá, pero las palabras quedan un poco perdidas en la inmensidad de la línea de playa, frente al mar terso como una lámina de metal y bajo los celajes que dibujan las pocas nubes algodonosas que se han juntado en el horizonte. Dejo vagar la vista y apenas la detengo una fracción de segundo en algún que otro detalle del panorama. Aquí, una mujer se baña completamente vestida: el aparatoso vestido blanco se le ciñe a la piel y deja ver los contornos de las otras prendas que lleva debajo. Más allá, una madre arrastra por la orilla, sobre una tabla flotadora, a dos niños desnudos, que en el momento en el que los capto componen exactamente la misma figura de cierto famoso cuadro de Sorolla sobre este asunto... 

De pronto, M.A. emite un gemido: entre las briznas de algas arremolinadas en la orilla acaba de pisar una que contenía los restos de una concha de erizo. Las púas se le han clavado en el talón. Con una pequeña pinza de depilación le quito las espinas; que son, pienso, como las de las rosas sobre las que moralizan los poetas cuando hablan de ese elemento de dolor que se agazapa, dicen, en todas las cosas bellas. Pero aquí todo se rige por una lógica más prosaica, y el incidente, si acaso, nos ha servido para que nos decidiéramos a remojarnos los pies.  

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