viernes, junio 13, 2014

EQUUS

Tenía el vago recuerdo de que Equus fue una obra de teatro que causó cierto revuelo en España en los tiempos de la Transición porque fue una de las primeras ocasiones, si no la primera, en que una actriz aparecía desnuda en escena. Creía recordar que el desnudo era de cuerpo entero, y que la actriz era Victoria Vera... Pero no, la memoria me engaña: hago mis comprobaciones y resulta que se trataba de María José Goyanes, y que sólo enseñaba los pechos. 

Con estos datos (confusos) de mi memoria sentimental a las espaldas, me asomo por primera vez a la versión cinematográfica que Sidney Lumet hizo de la obra teatral de Peter Shaffer en 1977. Anda uno últimamente un tanto saturado de lecturas románticas, pero el caso es que lo que me sorprende de esta película más bien pasada de rosca es la seriedad con la que considera el viejo asunto romántico de la Imaginación, el atributo divino por el que somos capaces de trascender la visión mediada que habitualmente tenemos de la realidad y alcanzar a percibirla como apocalipsis o revelación, antes de replegarnos de nuevo, normalmente abrumados y confundidos, a nuestras capacidades normales de percepción, que sólo alcanzan ahora -y no es poco- para transcribir el recuerdo de esa experiencia apocalíptica en términos poéticos... Uf, ya sé que es demasiado incluso para un cuaderno como éste, en el que no hay restricciones para los vuelos del pensamiento en soledad, pero... El joven protagonista de esta historia, traumatizado por una educación religiosa y por el desapego de sus padres, acaba elaborando una especie de mitología personal por la que ve en los caballos -trabaja en una cuadra los fines de semana- la manifestación corpórea de una entidad sobrenatural a la que denomina Equus, una especie de trasunto de la figura de Cristo, por encarnar la capacidad mesiánica de redimir los pecados del hombre. Todo esto lo sabemos por las revelaciones que el joven, internado en una clínica psiquiátrica después de haber cegado con una hoz a varios caballos de la cuadra, va haciendo al médico que lo trata, un abrumado intelectual que en vano ha perseguido, en sus lecturas, en su aventuras amorosas y en sus viajes al Mediterráneo, la clase de comunión imaginativa que el destino ha deparado a su joven paciente. 

Éste es, digamos, el planteamiento de la historia. Queda por discutir si nos satisface su desenlace: previsiblemente, el desencantado psiquiatra hace hablar a su paciente hasta que éste le confiesa la atracción que siente hacia una chica que también trabaja en las cuadras, y el desastroso resultado del único intento que hacen de acostarse juntos. El trastorno del joven queda explicado en términos de psicoanálisis clínico. Pero lo que queda sin explicar, entendemos, es la secreta envidia que le tiene el médico, e incluso nuestra fascinación ante una clase de intensidad que, a pesar de rozar la locura, también nosotros secretamente anhelamos. Es decir: esta pretenciosa y más bien modesta película intelectualoide de los setenta traza nada menos que el recorrido completo de la tentativa imaginativa que llevaron a cabo los grandes poetas del Romanticismo: desde la revelación al traumático ajuste de cuentas con la realidad. Hubo un tiempo en que el cine intentaba estas cosas. Que las consiguiera o no, queda al arbitrio del espectador. Pero la verdad es que yo he disfrutado con el intento.

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