miércoles, junio 11, 2014

LLUVIA

Me doy cuenta de que llueve por el olor: olor a lluvia de verano, a agua caída sobre suelos recalentados. Se me va la imaginación a esos chaparrones repentinos de agosto que asientan el polvo en las veredas y en las calles de los pueblos. Y tardo unos instantes en percatarme de que esa lluvia retrospectiva es real y es la que golpea el antepecho de mi ventana.


***

Sigue la rebelión de los objetos. A la radio se le ha averiado el mando que regula el volumen; con lo que ahora suena siempre estentóreamente, sin que sea posible reducir la intensidad del sonido. Naturalmente, resulta insoportable, y más aún a la hora a la que solemos escucharla, que es la del desayuno. No estoy muy seguro de que hayamos salido perdiendo; al menos, ya no se cuela en nuestra intimidad de primera mañana el ruido molesto de eso que llaman actualidad. Hay más verdad, seguramente, en el sonido del viento o en el concierto disperso y maravillosamente acordado que entonan los pájaros; y más capacidad de respuesta, por nuestra parte, si atendemos a nuestros pensamientos en vez de dejarnos abrumar por el soniquete de esas voces impostadas. Pero una cosa son las convicciones y otra los hábitos, y lo cierto es que estamos acostumbrados a este ruido que muchas veces oímos casi sin prestarle atención, sólo para añadir un poco de textura al eco de los pasos descalzos que corren para entrar o salir de la ducha, o al ruido hiriente del café que hierve en la cafetera o de la leche que espumea en el cazo. Y es que hay silencios que son, quizá, demasiado elocuentes y que es mejor acallar.


***

Quisiera uno dejar en estos cuadernos un testimonio del tiempo que le ha tocado vivir. Que a ellos pudiera acudirse por los mismos motivos que acuden los historiadores a, por ejemplo, los diarios de Pepys: para saber cómo fue la Peste que asoló Londres entre 1663 y 1667, o cómo vivió la población el Gran Incendio (aunque a mí, la verdad, me interesan más los pasajes cifrados en los que cuenta cómo le metía mano a las criadas...). Pero no. En el trabajo, con los amigos, incluso en ese patio de vecinos que llaman "redes sociales", gesticulo y pontifico como el que más, soy parte de esa masa que se relame con la posibilidad de que los acontecimientos externos aporten un poco de emoción también externa a nuestras vidas más o menos ensimismadas. Bueno, también yo me dejo llevar. Pero me resulta difícil, por no decir imposible, interiorizar esas emociones. Y no digo que las que saco aquí a relucir sean mejores. Es más: me da la impresión de que, a la luz de lo que parece que será la sensibilidad pública dominante en los tiempos venideros, posiblemente este discurso mío resultará insolidario, egoísta, incluso reaccionario. Llegará un momento, en fin, en que lo mejor será callar. O resignarte a que no te escuche nadie. Claro que en eso ya estamos.


***

Eran tan hermosos que se les perdonaba incluso esa fealdad moral que acabó siendo su único rasgo distintivo.

No hay comentarios: