miércoles, junio 18, 2014

RULFO

Juan Rulfo entrevistado en A fondo. Al principio piensa uno que, si de algo no puede precisamente alardear el autor de libros tan sombríos como El llano en llamas o Pedro Páramo, es de sentido del humor; o, al menos, de esa especie de empatía general que se le presupone a todo personaje que haya alcanzado una cierta notoriedad pública. No otra cosa es lo que la cámara parece querer atisbar en el rostro impasible del mejicano, sin lograrlo; al menos, en la primera mitad de la larga y tensa hora que dura la entrevista. El escritor aguanta bien el tipo. Cuando se le pregunta por su familia, se remonta con toda tranquilidad al siglo dieciocho... Hasta que el entrevistador, visiblemente impaciente, lo emplaza a hablar de ancestros más cercanos. Hay un momento en que el entrevistado parece impacientarse con lo que parece un interrogatorio policial: "¿Y usted cómo es que sabe todo eso?", le espeta al normalmente impecable e impasible Joaquín Soler Serrano. Éste ni siquiera aprovecha la ocasión para referirse a sus documentalistas: es posible, sospecha el espectador, que ni siquiera los tenga, y que todo el alarde de curiosidad y cultura que representa el programa se base en los conocimientos, o en la voluntad de conocimiento, de un solo hombre. Y es entonces cuando advertimos en el rostro inexpresivo del entrevistado un atisbo de malévola sonrisa: sin casi mover una pestaña, ha puesto al entrevistador contra las cuerdas. Y ahora sí que parece relajarse. "¿En qué consistía su trabajo en el departamento de inmigración?", le pregunta Soler Serrano. "Perseguía extranjeros", dice el escritor, "pero nunca capturé ninguno". Para añadir, a continuación, que uno de sus cometidos en los años de la Segunda Guerra Mundial era supervisar a los marinos alemanes confinados por el gobierno mejicano en la ciudad de Guadalajara. "¿Qué hicieron con los barcos?", pregunta Soler. "Se hundieron todos. Los requisaron; pero, como eran muy modernos, los fogoneros mexicanos no los sabían manejar, y les estallaron las calderas. Luego dijeron que fue obra de submarinos alemanes. Pero lo cierto es que se hundieron a apenas trescientos metros de la costa...". Aquí Rulfo no puede reprimir una sonrisa franca. Y es entonces cuando uno empieza a tener la certeza de que, desde el inicio mismo de la entrevista, el escritor no ha hecho otra cosa que fabular. Él mismo lo declara: la misión de la literatura no es reflejar la realidad, sino dar cuenta de un mundo imaginado por el escritor. "¿Le gusta la televisión, maestro?", le espeta Soler, para terminar. "Sí, mucho". Y ahí queda eso, que no sabemos si es una soterrada confesión de que, a pesar de todo, este hombre tímido y triste ha sabido divertirse lo suyo durante el engorroso trance por el que acaba de pasar.

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