jueves, julio 10, 2014

COREOGRAFÍAS

De dónde saco el tiempo, me preguntan, para escribir libros, para mantener este cuaderno, para terminar una tesis doctoral -que, al fin y al cabo, no es más que un libro-. Pero no hay secreto: se trata simplemente de una suma de pequeños empecinamientos, de una cierta inevitable ansiedad ante las cosas a medio hacer, y puede que también de un no reconocido temor a la parálisis que sobreviene cuando todo está hecho. No hay más. Salvo la evidencia, quizá, de ese abismo que se abre bajo el cuerpo del nadador de fondo cuando éste deja de mover los brazos.

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Juventud: divertida, intensa, desde dentro; a menudo sórdida desde fuera; o al revés, según. 

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Mi cura veraniega de desinformación: no leer periódicos., no oír boletines informativos, no ver telediarios; al menos, durante dos meses; al cabo de los cuales lo más asombroso es comprobar que las historias siguen siendo las mismas, que todo sigue igual. Lo que -me dice una amiga- al fin y al cabo es un alivio.

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Casi temo que la escena inicial del musical Gold Diggers of 1935 de Busby Berkeley, el número conocido por "A Lullaby of Broadway", pase a formar parte de mis peores pesadillas: el inmenso cuerpo de baile avanza implacablemente en pos de la protagonista, hasta hacerla saltar por un balcón y estrellarse en el asfalto; lo que explica que la escena esté narrada por el rostro de esa misma actriz convertido en una estrella del firmamento. Casi un anticipo del famoso número final de All That Jazz: la detallada representación musical de una muerte clínica. Tiene la muerte sus coreografías; uno no hace otra cosa a lo largo de su vida que aprender los pasos. 

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