lunes, julio 07, 2014

DESBANDÁ






Sombras en desbandada, o desbandá, que es la forma coloquial que el pintor Antonio Rodríguez Agüera ha decidido utilizar en el título de su última exposición, que se inauguró el pasado viernes en su Ubrique natal. "Si se hubiera quedado en Madrid", me dice uno de los asistentes, "habría triunfado". Y aduce como testimonio los cuarenta y tantos cuadros "que se vendieron antes de la inauguración" en cierta exposición que el pintor celebró en la capital a mediados de los años noventa, cuando empezaban a desinflarse tantos prestigios artísticos efímeros surgidos en la década anterior. Los veinticuatro cuadros que componen ésta de hoy muestran otros tantos perfiles de figuras o grupos de figuras que parecen correr hacia alguna parte o huir de algo, todas ellas recortadas contra un fondo ocre en el que se distinguen algunas manchas de tono más oscuro que le prestan relieve. 

Sabemos que Agüera empezó a entrever esas figuras fantasmales en los detalles de su obra figurativa, en esas zonas del lienzo donde el mero entrecruzamiento de líneas o pinceladas insinúa criaturas ("bichos", las llama él, sin saber que Ramón Gaya denominaba también así a ciertas figuras surgidas de la imaginación de Picasso) que nada tienen que ver con el asunto nominal del cuadro, y que parecen más bien entes nacidos accidentalmente de los azares del proceso pictórico. Esos "bichos", esas formas abstractas en las que la mente del observador puede abismarse hasta perder toda conexión con la realidad a la que el cuadro parece remitirse en primera instancia, existen en todo cuadro que se precie, y son parte esencial del placer de mirarlo: ese proceso en el que la mente va más allá de las formas reconocibles para llegar a intuir el mero gesto de la mano y la mirada al que obedece cada una de las pinceladas que compone el cuadro. Que éste sea figurativo o no se nos antoja, desde esos niveles, un accidente: la materia que lo compone es siempre abstracta, como lo es cualquier gesto humano si prescindimos momentáneamente de su conexión con la persona que lo hace y el contexto en el que tiene lugar. La pintura es quizá el arte que más propicia esta voluntaria renuncia al sentido. En la música el problema ni siquiera se plantea: es toda abstracta; mientras que en la literatura sucede lo contrario: es casi imposible considerar la palabra sin su relación inextricable con su significado.

Ahora los "bichos" de Antonio Agüera se le han emancipado y convertido en sombras o siluetas más o menos humanas que corren desesperadamente hacia alguna parte. Las hay que, por su relativa pequeñez, recuerdan a niños que corren en pos de una pelota o un globo, aunque nunca en actitud de juego, sino como si ese objeto que se les escapa fuera su último asidero a un mundo en proceso de disolución; las hay también que parecen abrazarse o fundirse con otras, o que se apelotonan hasta caer aplastadas por los que vienen detrás. 

"Son las cosas que cuentan de la guerra", me dice el pintor. Pero sé que, en su modestia, está intentando acogerse a uno de esos discursos convencionales con los que los artistas del día justifican y venden lo suyo. Esto es otra cosa, como sabremos en cuanto constatamos que la persona que va a presentar la exposición es... un hombre ciego. Él mismo bromea sobre ello: "Ya sé que les parecerá raro que un ciego presente una exposición de pintura". Pero el ciego es amigo del pintor desde la infancia, y su discurso no es otra cosa que una apretada enumeración de personas que ambos conocieron, la mayor parte de las cuales uno adivina ya muertas. Ésa y no otra es la "desbandada" aludida en el título: seres que, en su huida, se precipitan hacia la fosa común que el pintor ha representado en el lienzo colocado a la puerta del recinto, y en la que las calaveras no son tanto piezas óseas como máscaras compungidas, más asombradas que aterrorizadas por el desenlace de su alocada carrera.

"Ese cuadro de ahí lo ha comprado...". Y me susurran al oído el nombre de una celebridad cuyo nombre me comprometo a no repetir. No creo que al pintor le conmuevan poco o mucho estos triunfos mundanos. También se cuenta que, hace años, "fió" tres cuadros a unos desconocidos americanos que en ese momento no disponían de fondos para pagarlos, y que, sin ningún documento por medio, se los llevaron a California, desde donde remitieron al confiado pintor el correspondiente cheque. 

Todas estas cosas, y otras más pintorescas, se cuentan de Antonio Rodríguez Agüera, el pintor que, a sus setenta y cuatro años, parece el más joven y atrevido e innovador de todos los que componen la meritoria escuela pictórica ubriqueña. También uno de los más productivos: sale a casi exposición por año. En este cuaderno hemos dado cuenta ya de alguna. Y ya estamos esperando la del año que viene.

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