martes, julio 15, 2014

JARDINES DE PIEDRA

Nos muestra L. su jardín de piedras; que no obedece a ningún principio zen, sino que es simplemente la azarosa reunión de las que ha ido encontrando en sus paseos por el monte y le han llamado la atención. Las hay de muy diversas formas. Una, un poco más grande que un pisapapeles, recuerda a una paloma. Otras dos, del tamaño aproximado de una lámpara de mesa, hacen pensar en un primer esbozo en basto de la Venus de Milo y en una de esas atormentadas figuras de esclavos desnudos que Miguel Ángel dejó sin terminar. Hay dos que deben de pesar doscientos kilos cada una, y que, para ser llevadas a su emplazamiento, a ambos lados de los escalones que dan acceso a la vereda que ciñe la huerta, han requerido el esfuerzo conjunto de tres hombres… 

Las fotografiamos, pensando en que estos ejemplos de escultura espontánea pueden ser del interés de C., que anda iniciándose en el difícil arte de la escultura. Pero estas piedras sugieren mucho más. Por ejemplo, que el arte en general  –y no sólo la escultura– es más cuestión de visión y elección que de acción: no es tanto lo que uno haga –escriba, pinte, modele– como la capacidad de reconocer las creaciones que ya nos llegan hechas, terminadas, absolutas y redondas, por mero azar, ya sea –como trato de propiciar en este cuaderno– una mera anécdota cotidiana que sólo espera que alguien la transcriba, o una imagen o una forma. El ready made, el object trouvé de los dadaístas obedece a una profunda comprensión de este hecho, al que ya se anticipaba Miguel Ángel al intuir que la escultura estaba dentro de la piedra sin desbastar, y a él sólo le correspondía quitar lo que sobraba… 

Eso intentamos todos: despojar a la vida de sus excrecencias, de su penosa materia redundante; y dejarla en su desnuda esencia, en su intensidad. Hay quien muere sin haberlo logrado. 

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