miércoles, julio 16, 2014

LA HUERTA

La flor del granado: una especie de falda de cabaretera, roja y con mucho vuelo, como sacada del atrezzo de una corista… Con el tiempo, no obstante, lo que era airosa ligereza se va volviendo prieta gravedad, como a una mujer a la que se le van compactando las carnes, y el fruto emerge a expensas de esa especie de nada perfumada que es el corazón de la flor. En un mismo árbol pueden verse todas las fases del proceso: desde la flor plena al fruto ya formado en trance de madurar. Nos lo muestra el orgulloso propietario de la huerta. Hay también perales, melocotoneros, higueras, naranjos, limoneros, membrillos. Hay árboles que han tenido que ser apuntalados antes de que la cargazón de fruto les quiebre las ramas. Casi duele esta explosión de fertilidad, que uno quisiera… más lenta, gradual, controlable. Pero no: todo estará en su sazón –al pensarlo, miramos con aprensión las cargadas tomateras– desde mediados o finales de agosto hasta principios de octubre. En apenas mes y medio la huerta dará su generoso legado, que es también el resultado de muchas tardes de labor e incontables desvelos: no sólo los aludidos puntales para sostener las ramas cargadas; también los plantíos modelados como parterres de jardín, las veredas limpias para el tránsito, los alcorques perfectamente trazados, el complejo mecanismo que hace posible que el agua, procedente de una fuente al otro lado de la carretera –la finca quedó dividida por ésta años antes de que naciera el actual propietario, que es ahora un hombre jubilado–, circule libre y generosamente allá donde se la requiera. 

Le digo a M.A., en broma, que ya tenemos plan para nuestro retiro. Y me contesta que no tendríamos tiempo de aprender lo necesario; o que, en todo caso, no nos quedarían fuerzas para aplicar lo aprendido. Pero el ejemplo lo desmiente. Hace apenas seis años, nos cuenta el propietario, esto era un zarzal. Hubo que meter máquinas para desbrozarlo. Lo demás ha sido cuestión de tiempo y paciencia. Ha habido años malos: el anterior, por ejemplo, en el que un “viento malo” agostó el fruto en ciernes. Pero no hay dolor en la constatación, tan sólo se señala un hecho, que ni siquiera nos coge de nuevas: también nosotros conocemos los años malos, el fruto malogrado, el recurso a poner de nuevo manos a la obra sin escatimar esfuerzos. Cada cual cultiva lo suyo. Y quizá la única recompensa sean estas tardes agradecidas en las que hay un momento de respiro para sentarse a la sombra y contemplar la promesa del fruto. No hace falta más.

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