jueves, julio 17, 2014

PÁJAROS

Andan revueltas las golondrinas a esta desacostumbrada hora en la que el calor debía mantenerlas recluidas bajo los aleros de las casas. Yo mismo escribo al amparo del pico de sombra que alcanza a cubrir un extremo de una de las mesas de la terraza. A mi llegada, las vi posadas en un cable telefónico, mudas y expectantes, como los pájaros de la película de Hitchcock. Casi parecía que era a mí a quien acechaban. Pero no. Durante los primeros quince minutos (el tiempo que tardo en arrancar mi lento ordenador portátil y poner en marcha mi aún más lenta maquinaria mental) permanecen quietas y calladas; está claro que mi presencia no las perturba. Pero de pronto, como obedeciendo a una señal para mí imperceptible, se lanzan al cielo de la plaza y lo recorren en un sinfín de vuelos cruzados, picados, contrapicados y hasta arriesgados loopings de piloto acrobático, a la vez que emiten esa especie de carcajada entre interrogativa y sarcástica en la que consiste su canto de una sola nota. No me quedo para ver el final: me ha podido el calor, y además ya he terminado la tarea que me traía aquí, que no era otra que aprovechar el wifi del restaurante cerrado para dejar mi anotación diaria en este cuaderno.

La medianoche me sorprende en el mismo lugar, esta vez en compañía. Prolongamos la sobremesa de la cena. De pronto, un viento súbito desbarata el servilletero y echa a volar una decena de desgarbados pájaros de papel, al mismo tiempo que tumba un vaso vacío y se lleva consigo el sombrerete de paja que yo había dejado encima de la mesa. Me acuerdo entonces de las golondrinas y entiendo ahora el motivo de su agitación: barruntaban este viento, acusaban el mismo nerviosismo que las gaviotas de la costa cuando se acerca el temporal, e imagino que por el mismo motivo: porque prevén la dificultad añadida que esa circunstancia supone para su empeño principal y casi exclusivo, que no es otro que alimentarse y alimentar a la prole. De ahí ese frenesí, esos vuelos cruzados, esa cacería indiscriminada de cuanta criatura invertebrada flotase entonces en la ingravidez de la hora más cálida del día.


Un naturalista seguramente se reirá de estas anotaciones mías. Asumo el riesgo. No intenta uno redescubrir ni constatar lo que seguramente ellos ya han descubierto y constatado sobradamente hace años. Intenta uno, más bien, establecer una especie de ilación subjetiva entre los fenómenos que le es dado observar, para descubrir, no la ley natural a la que obedecen, sino el sistema de analogías por el que esos fenómenos encuentran su eco en la mente del observador. Es decir: no intenta uno otra cosa que leer en un libro abierto cuyo idioma no domina del todo, pero en el que advierte una lógica que no le es del todo extraña. Trata uno, sobre todo, de entender y entenderse. Y para eso se proyecta fuera.

2 comentarios:

Charo Mora dijo...

Querido amigo; En calidad de bióloga, porque creo que no llego a naturista, te diré que llevas mucha razón. Es más, te comento un pequeño secreto. Me fijo en la primavera en la orientación de los nidos de golondrinas para saber que viento será predominante en verano. Sin ir más lejos este Junio le comentaba a nuestro compañero Máximo de filosofía, "este verano va a predominar el poniente, porque las golondrinas han orientados sus nidos al levante". No se como lo saben, pero lo saben. Un saludo amigo. me encanta esta columna de humo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muchas gracias por tu comentario, Charo. Me alegro de no andar demasiado errado en mis suposiciones. Un abrazo.