lunes, julio 21, 2014

VIENTO SUR

Viento sur. Mi favorito, sin duda. Sin llegar al frío, su frescor hace soportable incluso la flama de un mediodía de verano. Tampoco levanta grandes polvaredas. Y recibido de cara, en plena frente, se tiene la sensación de que te refresca el pensamiento y te orea las ideas. A primera mañana, por muy inclemente que haya sido la noche, basta su soplo para disipar las brumas del sueño y proporcionarte una especie de sobreconciencia que, unida a la nitidez que las cosas ganan bajo una atmósfera renovada a fondo, te hace ver más claro y más lejos. Y si te entregas a él, digamos, de cuerpo entero -dejando, por ejemplo, que te arrulle mientras descabezas una siestecita en la playa-, el efecto es de caer en una especie de túnel de sueño en el que te orean las brumas de otra dimensión. 

Su único defecto: es caprichoso y tornadizo, y fácilmente cede su lugar al empuje molesto del levante o al soplo gélido del poniente vespertino. Pero se entiende que quiera prodigarse poco: bajo su perezoso influjo sostenido, la vida nos parecería demasiado fácil, y demasiado grande la tentación a renunciar a los empeños que nos mantienen tensos y ocupados la mayor parte del tiempo. Y ya sabemos que eso no puede ser.

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Veo Memphis Belle, el documental de guerra de William Wyler sobre la tripulación de una fortaleza volante perteneciente a una de las escuadrillas que bombardeaban el continente desde Inglaterra. Es una película sobria y objetiva, Y aunque incluye alguna mentirijilla -por ejemplo, la afirmación de que los alemanes disponían de radar-, no evita el engorroso detalle de mostrar que, al final del día, no siempre vuelven todos los aviones, y que los que sí lo hacen suelen traer tripulantes heridos o muertos. Pero la estructura dramática es perfecta, y la fotografía y los movimientos de cámara conjugan la necesaria glorificación -tampoco excesiva- de la maquinaria bélica con la atención a los seres humanos concretos que la hacen funcionar, y que no sólo -como ya se ha dicho- caen heridos o mueren, sino que también se muestran asustados o nerviosos en vísperas de la misión, y comprensiblemente huraños cuando, al final de la misma, vuelven la cara para no ceder a la cámara sus gestos de cansancio o dolor. Se comprende que el intento de realizar una película de ficción con esos mismos ingredientes -la dirigida por Michael Caton-Jones en 1990- resultara un fracaso. Quizá porque esa película ya estaba hecha: la agridulce Almas en la hoguera (Twelve O'Clock High) de Henry King, estrenada en 1949, cuando el recuerdo de la guerra estaba vivo pero ya había perspectiva suficiente para mostrar lo que el documental de Wyler sólo dejaba entrever: el desánimo, las disensiones e incluso la bajísima moral de aquellos hombres que arriesgaban la vida diariamente por motivos que no siempre entendían.

En estas cosas pasa uno el verano.

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Marea de algas, o la sensación de nadar en una fuente de ensalada aguada.

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