jueves, agosto 21, 2014

DEMONIOS

Coincidiendo con mi deseo de desconexión de eso que llaman "actualidad", la pequeña radio que teníamos en la cocina se averió -creo que lo he anotado ya- al principio de las vacaciones. Una curiosa avería, en cualquier caso: la ruedecita que regulaba el volumen dejó de funcionar, con lo que el aparato literalmente vociferaba, sin que fuera posible aminorar la intensidad del ruido. Toda una metáfora, en fin, de lo que supone dejar abierta una ventana de la casa de uno a los demonios de fuera. Nos hemos pasado todo el verano sin radio. Y ahora que empiezo a entrever la vuelta a los madrugones y los desabridos desayunos en la cocina silenciosa, he comprado otra radio. Porque incluso los demonios, en según qué circunstancias, acompañan.

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También compré, en la misma tacada, cuatro cedés, un paquete de velas, unos aceites aromáticos y unas varas de incienso -por eso de los sahumerios para espantar a los ya mencionados demonios-, un ratón para el portátil, un frasquito de nogalina, una lata de cera para madera del mismo color -encuentra uno un cierto descanso en dedicar parte de la jornada a pequeñas mejoras domésticas-, una llave inglesa regulable... Nada del otro mundo, salvo esa inconfesable, y quizá lamentable, subida de adrenalina que supone entregarse al capricho de divagar durante unas horas por los pasillos de unos grandes almacenes y comprobar cómo los brujos del consumo han previsto incluso necesidades nuestras de las que no teníamos ni el menor indicio hasta el momento en que encontramos el objeto diseñado exclusivamente para satisfacerlas. Al llegar a casa, extiende uno su magro botín sobre la mesa. Respiro al constatar que nada de lo adquirido es demasiado inútil o superfluo. Esta mañana el sonsonete de la radio ha vuelto a acompañar nuestro desayuno. No hay novedad: siguen hablando de lo mismo que hace dos meses. Y eso, en cierto modo, es también un alivio.

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Películas vistas: Rojo y negro (1942), por ejemplo, de Carlos Arévalo: un predecible producto de propaganda falangista, cuyo hilo argumental (infancia durante la decadente monarquía de Alfonso XIII, años de confusión vital e ideológica durante la República, toma de conciencia -ya se sabe en qué sentido- durante los últimos años de la misma y la guerra civil) coincide con el de otras tantas rendiciones de cuentas de otros artistas decantados hacia el mismo campo ideológico: desde el Torrente Ballester de Javier Mariño al Foxá de Madrid de corte a checa. Pero lo realmente notable de esta película es su buen pulso y el excelente uso que hace de los movimientos de cámara y del montaje. Especialmente memorable es la secuencia en la que la cámara se pasea de arriba abajo y de un lado a otro, traspasando muros y divisiones de planta, por las distintas dependencias de la tristemente famosa checa de la calle Fomento, reconstruida en un enorme decorado sin paredes. 

Lo curioso es que Arévalo no volvió a demostrar esa competencia técnica y ese grado de pericia visual y compositiva en ninguna otra película; lo que me hace pensar que el motivo por el que ésta fue postergada en su día e incluso prohibida a las pocas semanas de su estreno no fue tanto la presunta heterodoxia ideológica del argumento (cuyo final, que muestra el desengaño de un miliciano comunista que siente repugnancia ante el uso que sus conmilitones hacen de la violencia en retaguardia, no parece implicar necesariamente el paso de éste al bando contrario), ni la crudeza con la que presenta una violación -de una militante falangista por un miliciano, naturalmente- que tampoco se resuelve en la típica estampa de la víctima magullada y con las ropas rasgadas después de una ardua resistencia, sino que da a entender que la víctima ha sufrido en silencio y pasivamente la violencia infligida... No, posiblemente lo que menos gustó de la película a los censores del día -y dicen que al propio Franco- fue su curiosa mezcla de audacia estilística y cierto realismo descarnado, que posiblemente fue entendida como contraproducente para los efectos propagandísticos que se pretendían. 

Arévalo -leo en un artículo de Ríos Carratalá- se retiró definitivamente del cine en 1960, después de una carrera muy irregular, y vivió en silencio y en el olvido hasta 1988. Fue uno más de los muchos que no acertaron a dar la nota que se esperaba de ellos en el coro de unanimidades de entonces. Claro que eso no pasaba solamente en aquellos años.

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