domingo, agosto 17, 2014

EN EL ESTUDIO DE R.D.

En el estudio de Rafael Domínguez. Igual que un escritor se retrata en su biblioteca, a un pintor no termina uno de verle las vueltas, o de entender su mundo, hasta que no entra en su estudio. Por eso se agradece el acto de confianza que supone que uno de ellos –aunque amigo y vecino, como es el caso– te invite a visitar el suyo. Conocíamos algo de la pintura de Rafael Domínguez, pero intuíamos que este hombre tímido y reservado, que no levanta nunca la voz, tenía un trasfondo que iba más allá de las pulcras vistas de ciudad, un poco al estilo de la pintura urbana de los ochenta, que le habíamos visto en alguna exposición, o sus paisajes rurales, también resueltos desde una cierta mirada distanciada y fría, como si esos otros cuadros suyos en los que predomina la textura impenetrable del metal y el asfalto le hubiesen enseñado a detenerse en la superficie de las cosas, a no dejarse tentar por la algo tramposa invitación al lirismo que encierra siempre la mera pintura de terruño cuando el pintor no sabe poner coto a toda esa literatura añadida que se le pega siempre al paisaje demasiado humanizado. 

Estos cuadros, los de ciudad y los de campo, reflejan la mirada contenida de un hombre reservado, y cuadraban bien con lo que sabíamos de su autor, a la vez que compendian quizá lo que él deja que los demás conozcan de su mundo y aspiraciones. Nunca, por ejemplo, habíamos visto ningún retrato pintado por él, y por eso lo primero que nos sorprende cuando accedemos a su espacio privado son los excelentes retratos que ha hecho de sus hijos. Ni una traza en ellos de esa frialdad metálica de su mundo de superficies duras e impenetrables; pero tampoco nada que desmienta ese especie de tácita creencia suya de que el alma de las cosas no necesariamente es un ente fantasmal que trasluce desde el interior de éstas, sino que más bien ha de buscarse en lo de fuera, en lo meramente visible. En eso sus retratos son velazqueños; lo que es mucho decir, quizá, de un pintor contemporáneo, y es tal vez el motivo de que estos cuadros pertenezcan a la esfera privada de su autor y no salgan a esa dura palestra mundana en la que son juzgados por mirada ajena y tasados en función de las preferencias estéticas de los jueces. Quizá yo también hago mal con sacarlos a colación aquí, pero pienso que el retrato que intento hacer de su autor –de su estudio, que es su imagen– quedaría incompleto si no los citara. 

Menos reparo me causa hablar de sus cuadros de gran formato, complicadísimos en concepción y composición, pero reflejo también de una sensibilidad minuciosa, tocada de un punto de arrebato poético. Nos conmueve, por ejemplo, uno que representa la fachada trasera de lo que parece uno de esos establos o gallineros que los habitantes de los pueblos levantan en las afueras utilizando todo tipo de materiales de desecho. Parece casi imposible que tantas cosas y texturas quepan en un lienzo; y, sobre todo, parece imposible la extraña armonía que emana del conjunto, y que no responde sólo a la feliz compaginación de formas y colores, sino también a una honda comprensión de los afanes humanos y de la realidad de los que surge esta extraña criatura mixta, actual e intemporal a un mismo tiempo.

Éstas eran algunas de las sorpresas que nos aguardaban en el estudio de R.D. No lo han sido, desde luego, su cordialidad y la de su familia, con la que compartimos una copa al aire libre, antes de que un viento repentino –son cosas que ocurren en la sierra– nos haga replegarnos al interior de la casa, que ya sabemos que es también el interior de quienes la habitan. 

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