lunes, agosto 04, 2014

JURISPRUDENCIA


Llega gente de fuera a este pequeño microcosmos nuestro; o mejor sería decir: gente de otros microcosmos también nuestros, pero quizá momentáneamente postergados por esa limitación humana que nos circunscribe a un tiempo exclusivamente lineal y a un espacio sin saltos ni discontinuidades. Echamos mano de la memoria y de la imaginación para salvar lo que percibimos como una burda simplificación de la experiencia; y también, a veces, de las elasticidades de la vida social; sin considerar que ciertas promiscuidades atentan directamente contra la razón de ser de esta querencia nuestra a trasvasarnos a otras esferas distintas de la realidad, que no es otra que garantizar que, en el trasvase, dejamos atrás todo un modo de ser para adquirir uno distinto, el exclusivo de la nueva esfera. Por eso conviene cerrar la puerta tras nosotros. O no: a veces se cansa uno de llevar una vida demasiado atomizada, que exige demasiados cambios de disfraz y demasiados reajustes de la propia conciencia. Para descubrir, al final, que esa ilusión de multiplicidad era también una fantasía privada.


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Leo Civil Disobedience: un poco de anarquismo no viene nunca mal en vacaciones; y más cuando, detrás de este radical llamamiento a no pagar impuestos a un estado que defendía la esclavitud y llamaba a la guerra contra los vecinos, late, no el viejo fundamentalismo rousseauniano en el que encuentran su justificación tantas dictaduras, sino un sano individualismo. Ante una ley injusta -dice Thoreau-, ¿habremos de acatarla mientras esperamos que se constituya una mayoría social suficiente para derogarla? ¿O debemos, desde el primer momento, negarnos a obedecerla? Responder afirmativamente a la segunda pregunta parecería justificar la pretensión por la que ciertas minorías se creen llamadas, llegado el caso, a asumir el control de la sociedad en nombre de tales o cuales imperativos urgentes de la razón política. Pero no es eso lo que pide Thoreau; sino simplemente que, como individuos, no hagamos nada que contribuya a mantener o perpetuar el orden de cosas que consideramos injusto. Y, también, que nos neguemos a ver en el estado una entidad abstracta distinta a los rostros concretos con que se nos manifiesta: en este caso, el recaudador de impuestos. ¿Tiene éste culpa del destino que se le da al dinero recaudado? Sí, puesto que colabora activamente en su recaudación y siempre podría, llegado el caso, renunciar a su empleo y dedicarse a otra cosa... Y aquí se queda uno pensativo: ¿debería también renunciar al suyo un profesor que descrea profundamente de los principios en los que dice basarse el sistema educativo para el que trabaja? Pero estamos en agosto, y mejor echarse una siesta...


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En la autoproclamada y un tanto chestertoniana República de San Antón -que no está en el Caribe ni  mucho menos-, cuyo territorio abarca poco más que la plaza que le da nombre y unas pocas calles adyacentes, se echan de menos muchas ordenanzas. ¿Se permite sentarse al aire libre con el torso desnudo?, me pregunta este acalorado visitante. No sé. Depende del torso, le digo. Y tengo la sensación, en mi condición de uno de los padres putativos de esta improvisada patria chica, de haber sentado jurisprudencia.   

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