miércoles, agosto 13, 2014

LASITUDES

Quién lo diría: el burro se ha convertido en un animal ornamental. O, al menos, eso parece el que encontramos tras un cercado junto a la senda que hemos recorrido esta mañana: un adorno del campo, una criatura de inmensos ojos limpios, que acaso espera de los paseantes que le acerquemos algún brote tierno que mordisquear, no porque a él le falten en su parcela, sino por mero impulso amistoso, y por una curiosidad más digna de un gato que de un animal al que una obstinada tradición considera estólido y estúpido. No, no había exageración en la descripción que J.R.J. hace de su burrillo en el capítulo primero de su famoso libro: también éste parece de algodón, aunque esa impresión de muñeco blando queda contrarrestada por una cierta prestancia selvática, realzada por la limpia raya negra que le recorre el dorso del cuello y el lomo. Quisiéramos haberle dado algo dulce y limpio también: quizá una mandarina. Pero no llevo nada, y me limito a acariciarle la testuz y a seguir mi camino.

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Lasitudes de agosto. Quizá la única señal clara de que el ritmo vacacional se va imponiendo en el ánimo sea esta sensación de tiempo dislocado. Lo mismo te levantas temprano, por eso de aprovechar la fresca para andar por el campo, que duermes una siesta extemporánea antes de almorzar. Quedan suspendidos o aplazados incluso los benevolentes planes que habías hecho para aprovechar el tiempo libre. También, ay, los proyectos literarios que parecen requerir esta disponibilidad de tiempo, pero que en realidad acaban siempre cuajando en las escasas horas libres que te dejan los días laborables. Sólo permanecen, irreductibles, las servidumbres del sentimiento: tendría uno que dejar de ser quien es para descansar también de ese peso. Y así va acercándose agosto a su mitad, que es también el inicio de su declive y el comienzo de esa otra comezón que anuncia la vuelta a las obligaciones. Y así vamos.

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Quizá este otro pueblo grande y destartalado dé la impresión de ser un pueblo feliz por ser, antes que nada, un pueblo laborioso. Mira uno la relativa desenvoltura de las mujeres con que se cruza, casi todas ellas tocadas de un punto de hermosura absolutamente ajeno al canon oficial, la presteza un tanto ruda, pero en el fondo amable, de los hombres, la predisposición general a una cierta lasitud más aparente que otra cosa, y que no impide que, a la vez que se bromea o se charla, la labor avance a un ritmo más que razonable. Se dice uno que todo el país podría ser así, y otro gallo nos cantaría. Pero…

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El único defecto –pero grande– de Shelley como poeta: mira sin ver, y cuando trata de explicar lo que cree que ha visto, lo que dice a duras penas puede relacionarse con alguna realidad concebible en términos puramente visuales. El lector, en cambio, no deja de creer en ningún momento que lo que tiene delante es escritura eminentemente descriptiva, y magníficamente ejecutada además, y achaca su ceguera a una primera lectura descuidada, sobre la que volverá en vano una y otra vez…  Y ésa es la lección de Shelley: elabora un magnífico instrumento para describir lo indescriptible, pero… no acaba de encontrar un objeto digno de semejante maquinaria expresiva: salvo, quizá, al final de su vida, en textos tan alusivos o ambiguos como The Triumph of Life –que, en realidad, desmintiendo su título, es un triunfo de la muerte, de todo aquello que niega la vida más alta del hombre–… A Shelley le aguardaba una esplendida madurez desengañada, en la que seguramente hubiera alcanzado la síntesis ideal entre visión y estilo que se espera de un poeta de sus ambiciones. Murió antes de tiempo; y lo que dejó, de todos modos, no deja de ser una obra fascinante, precisamente por lo que tiene de proyecto de otro nivel de excelencia ulterior, acaso inalcanzable.

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