lunes, agosto 25, 2014

MÁRGENES

Compara Thoreau en sus diarios el "margen de ocio" que un hombre se permite en su vida con el margen en blanco de una página impresa: ambos igualmente necesarios y bellos, se supone que para el realce o la puesta en valor de lo que queda dentro; o quizá al contrario: lo de dentro, la caja de texto o el magma de la vida ocupada, sólo está ahí quizá para autorizar el lujo que supone ese espacio en blanco al que el hombre consagra lo mejor de sus energías o en el que la imaginación del lector vuela más allá de la lectura. Y lo curioso de todo esto es que lo leo en una de esas meritorias ediciones baratas norteamericanas que hacen virtud del hecho de dedicar apenas medio centímetro de mal papel a enmarcar el texto. Valga lo uno por lo otro: la menesterosa sobriedad de esta edición por el luminoso y bien aireado mensaje que contiene.

***

La llegada del perro de C. a casa: temíamos que se lanzaría inmediatamente a perseguir a K., como lo habíamos visto hacer con algún que otro gato callejero, y que el desenlace de la carrera no podía ser otro que un ciego zarpazo de K. al importuno... Pero no: la gata se quedó mirándolo de hito en hito, mientras el perro, que en espacios desconocidos apenas se atreve a despegarse de su dueña, prudentemente optaba por ignorar a ese extraño animal tan poco receptivo. Durante los dos primeros días ambos han mantenido las distancias, y quizá lo único reseñable es que la gata, más ofendida que asustada, durante el primero de esos días no se atrevió a salir de su refugio, una especie de mullida entreplanta entre los asientos de las sillas del comedor y la tapa de la mesa, y se limitaba a seguir con mirada de desaprobación las esporádicas visitas del perro al salón, siempre en pos de su dueña. Temimos que ese encastillamiento, que entre otras cosas implicaba que la gata no visitaba su comedero, derivara en una de esas tristísimas depresiones animales en las que el afectado deja de comer. Pero con todo tipo de zalamerías consigo que la gata me siga hasta la cocina, en un intervalo en el que el perro no está visible, y se atiborre de pienso. Por la tarde las tornas cambian: la gata aumenta su radio de acción y ya se atreve a llegar hasta la puerta de la habitación donde duerme el intruso... No sabemos hasta dónde llegarán estas confianzas, ni si habrá tiempo de que calen, antes de que C. se lleve al perro a su domicilio definitivo, en su piso de estudiante. Y no, no creo que la gata, hecha al indisputado dominio de su territorio, lo vaya a echar de menos.

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