martes, agosto 19, 2014

NO-HAY-POSTRE

Este año no está siendo efectiva mi cura veraniega de desconexión de la realidad. Valía, quizá, cuando ésta era lo suficientemente inane por estas fechas para que los periódicos de agosto adelgazaran hasta extremos que te hacían pensar si no te estaban estafando por mantener el mismo precio que el resto del año. Pero ya no. Extrañas guerras milenaristas, epidemias medievales, descomposición general del sistema de coordenadas cívicas en el que más o menos habíamos confiado hasta hoy: incluso manteniendo un severo veto a todos los boletines informativos, y no encendiendo la radio o el televisor para otra cosa que no sea oír música o ver películas, todo esto acaba infiltrándose y, lo que es peor, impregnando poco a poco incluso la tonalidad anímica con la que uno afronta estos días dedicados exclusivamente a la privacidad. Se dirá que esta queja es muy egoísta, pero, en todo caso, no creo que lo sea más que aprovechar las mencionadas calamidades para engolar la voz y revestir de indignación ciudadana lo que no es otra cosa que mero voluntarismo inconsecuente. Algo me dice que estamos entrando en una nueva era de civismo impostado, en la que se nos exigirán de vez en cuando las correspondientes muestras de adhesión a la corrección política del momento. Y entonces no sé si valdrá de algo este atrincherarse... detrás de qué.

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El restaurante casi ha agotado sus existencias, tras la nutrida afluencia en el puente festivo. "Y yo que venía hoy con ganas de postre...", le digo al encargado, en tono zumbón. "No importa, yo te improviso uno; y, además, te invito". Y, efectivamente, al final de la comida aparece sobre la mesa un plato que contiene un bulto cubierto de chocolate templado. "¿Qué es?". "Prúebalo". Meto la cuchara y toco lo que parece un trozo de bizcocho, y luego una masa blanda que, al paladar, está fría y contrasta gratamente con lo templado del chocolate y el dulce. No acierto a adivinar de qué se trata. Nuestro amigo el encargado incluso ha despertado mis aprensiones al insinuar que el postre pudiera contener algo de queso, que aborrezco... Pero no: se trata, simplemente, de un dónut previamente emborrachado en una especie de almíbar caliente y acompañado por una bola de helado de vainilla, rematados ambos por una generosa cantidad de chocolate fundido. M.A. propone un nombre para el nuevo postre: No-hay-postre, o No-tengo-postre. Nos dice el encargado que se pensará su inclusión en la carta. Y ya nos imaginamos el remate de alguna futura comida de invierno: "Un No-hay-postre, Santi", en recuerdo de esta al principio melancólica y luego exultante cena de final de vacaciones.

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