viernes, agosto 08, 2014

RIEGO

El olor del agua de riego sobre la piedra recalentada, al atardecer. Mientras el amigo S. refresca la terraza de su restaurante, de cara a la inminente hora de la cena, me acuerdo de cuando yo mismo hacía lo propio en el porche de la casa de Bocaleones en la que pasábamos los veranos cuando C. era una niña y nosotros todavía unos treintañeros nerviosos y volátiles, casi abonados a tiempo completo a esa hora dura de la tarde en la que parecía imposible que el calor fuera a remitir, por más que uno pusiera su mejor voluntad en aplacar la flama con el chorro de una manguera. Olía como cuando, a finales de agosto, un chaparrón repentino venía a recordarnos que el otoño se acercaba. Y siempre tenía uno la impresión de haberse dejado ganar por la impaciencia, y de que acaso el riego hubiera sido más efectivo una hora más tarde, con el sol ya a punto de ocultarse tras la línea del horizonte. Pero era una cuestión de empeño, fruto de ese ligero empecinamiento de quien se levanta de la siesta decidido a ganarse de nuevo su derecho a estar en un mundo momentáneamente abandonado al crepitar de las cigarras y al peso aplastante de las calores. Y cuando finalmente se ponía el sol, uno pensaba que el gratificante frescor que subía de la huerta y el río era en parte consecuencia de ese esfuerzo extemporáneo, del que daba fe el agua estancada en los alcorques y la ligera neblina espolvoreada que la brisa vespertina hacía caer de las ramas de las acacias. Y eso estaba bien.

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