lunes, septiembre 29, 2014

BODEGONES




Me paro ante la escuálida sección de poesía de este supermercado de libros. Por supuesto, no tienen ninguno mío, pero no me consuela que tampoco tengan nada de otros poetas de mi quinta más conocidos y con publicaciones más recientes. Me aburro pronto, en fin, ante esta decena escasa de estantes de los que casi uno entero está dedicado a Benedetti. También me aburre el resto: todo previsible, flamante, insultantemente dispuesto como si quien dirige el cotarro tuviera unas ideas muy precisas, y más bien poco halagüeñas, sobre los gustos de la clientela... Le digo a M.A. que decididamente lo mío son las librerías de viejo: esos libros que, al tocarlos, dejan un poco de roña en las manos y una especie de grata expectativa en el ánimo.


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Gran afluencia de pintores y fotógrafos en el concurso de "bodegón al aire libre" y fotografía que hemos organizado en el barrio. También algunos curiosos, como yo. Amenaza lluvia y un viento racheado e ingrato sacude de vez en cuando los caballetes o trastoca las agrupaciones de objetos que los pintores han dispuesto como modelos del natural. A ratos, impresión de casa saqueada: sobre una de las mesas de la terraza del restaurante que hace de centro neurálgico de la jornada, una maleta abierta, llena de trapos que hacen pensar en el equipaje de un loco. En un rincón de la galería cubierta en la que algunos han decidido guarecerse de las inclemencias del tiempo, veo en una mesa un oso de peluche junto a un coche de juguete y un viejo aparato de radio checo de los años cincuenta. Otros se han traído el perchero, los peroles, la calabaza del cocido... Sin embargo, el resultado de este perturbador trastoque de las leyes de la lógica y la intimidad es una atmósfera bienhumorada. Voy y vengo entre la cacharrería y los pintores, haciendo fotos. Cuando se acerca la hora de emitir el fallo, ayudo a envolver los regalos para los niños participantes, que también los hay. A M.A. le han pedido que lea la lista de premiados. Todo esto fue el sábado. Levemente, me acuerdo de que en otras partes del país hay gente que se desgañita por razones para mí incomprensibles. Y me acuerdo entonces de un detalle esencial: todo esto lo hemos hecho al margen de los políticos.


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Atraída por el bullicio, la gata de L. se pasa gran parte de la mañana en el balcón. Y sólo en una ocasión, como para demostrarse a sí misma que no se achica ante la presencia de tantos extraños, baja a la calle, corre hasta un árbol próximo, se encarama a una rama alta, salta a una tapia colindante y de ésta de nuevo al balcón. Y sí: el mundo sigue en su sitio, con sus árboles y tapias, y con la posibilidad de asirse a los senderos trillados por la costumbre incluso cuando, en sus inmediaciones, se impone lo desconocido.

Para no ser menos, yo también he dejado mi puesto de observación -la puerta del restaurante, donde sostengo una copa de coñac- y me he ido a estirar las piernas. 

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