lunes, septiembre 01, 2014

DISPENDIOS

Viendo pintar a mi amigo J.A.M. en el recogimiento de su estudio, se me ocurre que quien dedica tiempo y ganas a bregar con estos empeños que acaso excluyen la compañía nunca está solo del todo; y que la soledad, si acaso, en su forma más cruda, que es la del pozo sin fondo ni asideros, llega después.


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¿Siempre anda la crítica igual de despistada? De las cuatro películas que Lauren Bacall y Humphrey Bogart hicieron juntos, La senda tenebrosa (Dark Passage, 1947) es la menos conocida y la peor considerada. El argumento, trufado de coincidencias improbables, invita a ello: pero eso sólo para el crítico que, desde su cómoda suficiencia, juzgue que todos los que tomaron parte en la película -empezando por su director, Delmer Daves- habían perdido la cabeza y dado por buena la más inverosímil de las tramas. Pero la cosa cambia si nos paramos a pensar un poco: ¿en qué ámbito es posible que se den esas coincidencias, regidas por lo que parece un principio de gratificación de deseos que apenas si consienten en ser formulados en voz alta? Desea uno librarse de uno o dos enemigos inoportunos y éstos dan convenientemente un paso atrás y se precipitan en el abismo. Desea uno a la bella desconocida que alguna vez le mostró cierta simpatía, y ésta se le aparece en el momento más inesperado, lo lleva a su casa y le prodiga toda clase de cuidados, para terminar reuniéndose con uno en un inalcanzable paraíso tropical donde se baila constantemente la rumba... Naturalmente, no estamos en el terreno de la narración realista, por más que la película se presente como el relato de una fuga carcelaria, sino en el de los sueños. Todo lo que sucede en esta película se ajusta a la lógica sincopada del sueño, sus dislocaciones, sus azares aparentemente inexplicables, sus significaciones desplazadas, sus gratificaciones. Y eso es lo que nos ofrece Daves: un relato armado con los mimbres del sueño, desde una rigurosa comprensión de la mecánica onírica, que es lo que a veces echamos de menos en el recetario surrealista de Buñuel o en los atormentados retratos psicológicos de Hitchcock...  Sólo le encuentro un precedente: la hipnótica Detour de Edgar G. Ulmer, que es también la detallada puesta en escena de una pesadilla disfrazada de relato policíaco. Si acaso, la de Ulmer es todavía más negra: un sueño de autocastigo. Muy apropiado también, por cierto, para estos días en los que uno se despide de los placeres vacacionales para aceptar resignadamente su parte de culpa en ese otro viejo pecado bíblico cuyo castigo es, precisamente, el trabajo, ay.  


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Tenía tantas ideas para escribir que renunció a todas para dedicarse en exclusiva a... la poesía, que es el género en el que las ideas siempre están de más. Y nunca un dispendioso se sintió más feliz.

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