martes, septiembre 30, 2014

EMPATÍAS


Retrospectivamente, poco o nada podríamos reprochar a algún hipotético español clarividente que, a finales de 1933 o principios de 1934, hubiera solicitado a la Sociedad de Naciones, pongo por caso, la suspensión de su ciudadanía y la exención, por tanto, de cualquier responsabilidad material o moral en lo que iba a venir después. Muchos se ganaron dolorosamente ese derecho a toro pasado, cuando ya no había modo de eludir las dudas sobre sí, al menos por omisión, no eran ellos también culpables de lo sucedido. Está por regular este derecho a apearse de un tren que avanza a toda máquina hacia una colisión segura. Yo, al menos, lo reclamo.


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Era tan celoso de su tiempo, y hacía tantos aspavientos al respecto, que todo el mundo empezó a sospechar que no hizo jamás nada con él que mereciera la pena.


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La empatía entre escritores es de dos clases: la de quien admira sinceramente la obra de otro, por expresar ésta con acierto preocupaciones o aspiraciones que el primero siente también como propias; y la de quien, simplemente, al margen de lo escrito por el otro, siente simplemente que las desventuras de éste hacen un poco más tolerables las suyas.  

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