lunes, septiembre 22, 2014

EXCESOS RETÓRICOS

Nos alcanza la tormenta cuando todavía estamos a mitad de camino entre la orilla y el lugar donde hemos dejado el coche. Mientras paseábamos la vimos venir: una especie de cilindro retorcido, como la sombra de un tornado, de vez en cuando encendido desde dentro por el resplandor de un relámpago. Y había algo falso en toda esa puesta en escena, como si también la naturaleza, a veces, incurriera en excesos retóricos. Dado el reducido número de paseantes que venía a dispersar, y lo precario del equipamiento -en algunos casos, casi literalmente nada: una braguita de biquini sobre un cuerpo desnudo- con el que íbamos a presentar resistencia, bien se le podría haber dicho: Vale, vale, no hace falta desgañitarse, ya nos vamos.

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En el cine, para ver El hombre más buscado (The Most Wanted Man), adaptación de una novela reciente de John LeCarré y última película que protagonizó el malogrado Phillip Seymour Hoffman. Resulta reconfortante dejar atrás las multitudes de adolescentes que hacen cola y compran palomitas para ver Hércules u otras películas de ese estilo, y entrar en una sala que lentamente se va llenando de un público exclusivamente adulto, e incluso demasiado adulto, quizá, porque de inmediato nos vemos rodeados por personas cuya media de edad no baja de los setenta años. Lo que  resulta muy apropiado para el asunto de la película, que no es otro que la disolución de las antiguas lealtades en un mundo dominado por las histerias colectivas -en este caso, la provocada por el terrorismo islamista- y la utilización interesada que las autoridades hacen de esos miedos. La época y el escenario -el Hamburgo actual, sobre el que todavía pesa el recuerdo de haber sido la ciudad desde la que Mohamed Atta preparó los atentados del 11-S- parecen justificar la pertinencia del tema. pero lo curioso es que la cuestión -cómo los menos escrupulosos traicionan y sobrepasan a quienes todavía se rigen por los códigos morales de otro tiempo- ha venido obsesionando a LeCarré desde los comienzos mismos de su carrera, hace más de cincuenta años, cuando las preocupaciones del mundo eran otras. De lo que se deduce que quizá esa perdida edad de oro en la que incluso la lucha contra el enemigo se regía por ciertas reglas posiblemente no ha existido más que en los sueños y aspiraciones de unas pocas mentes desengañadas, como la del propio LeCarré. Lo demás, el momento y el escenario, es lo de menos.

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El mar nunca aburre.

2 comentarios:

Tmartínez Martínez dijo...

Lo siento, pero he roto el misterio, José Manuel: Google dispone ya de una búsqueda por imágenes (images.google.com) que me ha permitido averiguar que el maravilloso cuadro que ilustra esta entrada es La tempesta, de Giorgione.
Aunque, pensándolo bien, no sé si es bueno, ya que me quita la excusa para conectar contigo de cuando en cuando... En fin.
Vale.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No pasa nada, Tomás. Son imágenes de dominio público y muy fáciles de reconocer. Me alegro de que te gusten.