lunes, septiembre 08, 2014

PINTURA Y ESCRITURA RÁPIDAS









Viendo pintar al veterano Antonio Rodríguez Agüera, en su voluntariosa participación anual en el certamen de pintura rápida de su pueblo, donde su depurada pintura gestual, liberada ya de todo alarde de virtuosismo, rara vez consigue captar la atención de los jurados, pienso siempre en lo paradójico y ambiguo que resulta el propio concepto de "pintura rápida", y en la dificultad de definirlo o ajustarlo a unas reglas. Pregunto al pintor dónde puedo encontrarlo a lo largo de la jornada y me dice que allí mismo, a la puerta de su estudio. Aunque es un concurso de pintura al aire libre, él no necesita situarse delante de su modelo: pinta de su cabeza, aún a sabiendas de que juega en una liga distinta, y aun contraria, a la que incluye a todos los demás participantes, que son los que pueden aspirar a llevarse algún premio. Pero su gesto, como el de todos los que van a contracorriente, tiene la virtud de poner en cuestión incluso lo que parece sólidamente anclado en las convenciones. Porque, si de lo que se trata es de responder al entorno y presentar el cuadro resultante de ese diálogo entre el pintor y la realidad inmediata, posiblemente no sean menos arbitrarios que los monogramas de Agüera los cuadros que, pintados entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, tienen las luces y sombras que pueden observarse, pongo por caso, a partir de las siete o las ocho, que es quizá la hora más efectista, porque es cuando el sol poniente proyecta las sombras más largas y contrastadas; pero que, por cuestiones de mera lógica organizativa -el concurso ha de comenzar a primera hora de la mañana y concluirse a media tarde-, queda excluida de la jornada. Tampoco parecen ser una respuesta al entorno inmediato los cuadros que obedecen a algún tipo de fórmula, desde el empleo de una óptica distorsionada más o menos decorativa y amable, hasta el recurso a una estética naïf igualmente resultona y al alcance ya de todos los públicos... Tales son los trucos de los que se valen preferentemente quienes, por venir de fuera y desconocer el entorno y sus rincones privilegiados, traen ya el cuadro pensado y se limitan a incluir en él algún elemento reconocible del entorno. Los pintores locales, en cambio, que lo conocen bien, emplean otro tipo de recursos: exploran el terreno con antelación, localizan su tema y calculan minuciosamente los problemas que planteará su ejecución en el breve tiempo asignado. Pero puede ocurrir que, en el breve intervalo transcurrido entre ese estudio previo y la ejecución del cuadro, algo cambie en el entorno: que la pared cuyos desconchados iban a facilitar al ejecutante el logro de la ilusión de relieve, por ejemplo, haya sido encalada la tarde anterior y ya no luzca esos desconchados... 


Se dirá que nada de esto afecta a lo que verdaderamente está en juego, que es la demostración de las habilidades resolutivas de los participantes. Pero... Pienso en qué ocurriría si a alguien se le ocurriese convocar alguna vez -Dios no lo quiera- un certamen de escritura rápida. Y no porque esa categoría artística no pueda darse: la existencia de este mismo cuaderno y de otros parecidos es prueba de lo contrario; sino porque sería imposible acotar lo permitido y lo no permisible en ese concurso. Imaginemos que soltamos a medio centenar de escritores en el centro de una ciudad, con el encargo de que, al cabo de unas horas, entreguen unas cuartillas que supongan algún tipo de reacción hacia ese entorno, tal como ellos lo han vivido en esas horas. Podría hacerse; de hecho, decenas, centenares de diaristas, de articulistas de lo cotidiano y de meros adictos a anotar sus ocurrencias lo hacen, lo hacemos, habitualmente. Pero, bajo las estrictas condiciones de un certamen, ¿quién podría impedir que algunos trajesen la cuartilla ya pensada, e incluso escrita, o que otros no hicieran sino repetir lo ya pensado y escrito muchas otras veces, incluyendo algún detalle circunstancial referente al día o el lugar en que transcurre el certamen?

Afortunadamente no existe -que yo sepa- esta clase de concursos -espero no darle ideas a nadie-, y sí éste de pintura rápida en el que, año tras año, contrasto mis incertidumbres de escritor con las estrategias de todos estos animosos pintores, algunos ya amigos míos, de cuya manera de salvar el eterno desajuste entre la realidad y las aspiraciones del artista a recrearla o expresarla siempre aprendo algo.  

FOTOGRAFÍAS. 1 y 2: los pintores José Luis Mancilla y Antonio Agüera en acción, durante el certamen de Pintura Rápida de Ubrique; 3 y 4: visiones generales del mercadillo "Arte para todos".

No hay comentarios: