martes, septiembre 16, 2014

REGALOS


A Benjamin no habrían dejado de interesarle algunos de los comentarios que se han oído en las últimas horas a propósito de la importancia de El Corte Inglés en la reciente historia de España; como tampoco le hubiera resultado indiferente la canonización casi instantánea -es decir, sin dejar pasar los prudentes decenios, e incluso siglos, de espera que la Iglesia asigna a estos procesos- a la que están siendo sometidos ciertos prohombres de empresa recientemente fallecidos (entre ellos, el hasta hoy presidente de esos grandes almacenes). Lo que hubiera llamado la atención del filósofo alemán es esta nueva demostración palpable de la sacralización del dinero, cuya contrapartida no es, no puede ser otra, que la cosificación del hombre sometido al influjo de ese culto nefasto. Y no andan descaminados quienes piensan que los templos de esta extraña religión son los centros comerciales, a los que, incluso en tiempos de penumbra, acudimos, si no a satisfacer nuestras necesidades, sí a embriagarnos de la mera presencia sobrecogedora de todos esos bienes que podríamos poseer, y que acaso portan, por su mera capacidad de infundirnos ese deseo de posesión imposible, la promesa de una felicidad también inefable. A Benjamin le fascinaba esa facilidad con la que la cultura material surgida de la revolución industrial había sido capaz de trastocar la escala de los valores espirituales. Advirtió de ello. Y aquí estamos nosotros, haciendo bobamente el elogio fúnebre de los capitanes de industria a los que les ha llegado la hora inevitable, y de quienes lo único que podemos aprender es que, a pesar de todo lo que fueron y tuvieron, a la fosa no han podido llevarse nada.

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Extrañas cortesías: le ofrezco a una chica recién llegada a la "zona azul" -es decir, al tramo de acera en el que aparcar cuesta dinero- el tique que adquirí unas horas antes, y al que, en el momento de marcharme, resta todavía un cierto tiempo de validez. Me hago así la ilusión de que este ridículo artículo en el que he malgastado unas monedas adquiere un imprevisto valor de cambio: me permite hacer un regalo. Y con esa parca satisfacción me vuelvo a casa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Espléndido, como siempre. Qué suerte la mía: tener este rincón al que escapar, casi a diario. Saludos,
Sara