martes, septiembre 02, 2014

TODO EL TIEMPO DEL MUNDO

Se fueron todos: C. con su perro -y su mochila, y su recién compuesta estampa vagabunda y viajera-. M.A. ha querido acompañarla unos días. Y aquí nos hemos quedado la gata y yo, con todo el tiempo del mundo. Me he levantado a las siete menos veinte, he atendido un examen, me he acercado al banco y luego a la copistería -también los libros, llegado el momento, echan a andar por el mundo en forma de modesto mecanoscrito, aunque con muchas menos ilusiones que los veinteañeros a los que les cabe la vida en una mochila-. Ya en casa, he hecho la cama -¿para qué, si nadie va a fijarse en si está hecha o deshecha-, recogido los platos de ayer, pintado un viejo desconchado que me decidí a enlucir el otro día; luego he terminado un artículo que tenía pendiente. Y ahora, a la una del mediodía, con todas las tareas finiquitadas, me pongo a escribir en este cuaderno. Todavía tendré tiempo de leer unas páginas del Libro de los pasajes de Benjamin, con el que me distraigo ahora; e incluso de dormir una pequeña siesta, antes de volver al trabajo -tengo jornada de tarde- y luego... Cómo cunde la soledad. Y este hacer tanto para qué. Acostarse temprano, quizá, no sería mala idea en estas circunstancias.

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