miércoles, septiembre 03, 2014

VODEVIL

Está la estafeta de correos escondida en el sótano de unos grandes almacenes, al final de un largo pasillo lleno de artículos saldados por los que aparentemente nadie se ha interesado desde el día en el que abrieron el establecimiento. También la estafeta tiene algo de cosa olvidada. Vengo a ella cuando no quiero guardar las largas colas que normalmente se forman en otras oficinas de correos. El empleado parece agradecer siempre la visita. Y tiene uno la impresión de que los paquetes que se envían desde aquí viajan... no sé, con más desahogo, como los hijos de una familia en la que no se grita y en las que nadie atosiga a nadie.


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Creo que era de Vicente Molina Foix la crítica de Showgirls que leí en la revista Fotogramas hace años, y que me sorprendió porque, más que poner por los suelos la película de Paul Verhoeven, como era de esperar, el crítico hacía una bienhumorada ponderación de lo que pretendía, que no era otra cosa que utilizar un argumento clásico de melodrama -en concreto, el que arquetípicamente desarrolla Eva al desnudo- para poner en pie un desenfadado vodevil en el que lo que importa es la exhibición de hermosos cuerpos femeninos -y también masculinos, en fin-, pero en el que el público agradece que haya un hilo argumental más o menos efectivo para hilar las imágenes. El resultado no es otra cosa que una película... divertida, que alterna la flagrante irrealidad de la pornografía soft -no hay que olvidar que el argumento trata de la rivalidad entre dos coristas que bailan desnudas- con la suave y más bien reconfortante moralina de las historias de artistas desengañados. Tomársela en serio sería un error. Pero también lo sería dárselas de profundo o de entendido para no reconocer lo que la película tiene de eficacísimo vehículo de evasión. O, como dice el siempre certero crítico Roger Ebert: It's trash, yes, but not boring. Lo que a veces es muy de agradecer.


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Leyendo el Libro de los pasajes de Benjamin, no me parece que haya que lamentar que la monumental obra proyectada se quedara simplemente en una ingente compilación de apuntes y citas. Le ha cogido uno cierto gusto a la lectura fragmentaria; y, en ese sentido, la de este tocho de más de mil páginas está siendo algo así como un paseo por un enorme bazar -algo, al fin y al cabo, muy del gusto de Benjamin-, cuajado de observaciones brillantes, certeros aforismos y perlas rescatadas de inencontrables monografías de hace cien o ciento cincuenta años. A veces intuye uno cómo hubiera hilado Benjamin todos esos materiales: de su simple yuxtaposición nace un argumento; pero también percibe uno cuánto se hubiera perdido si ese argumento -una especie de exposición de la significación política y moral, cuando no simbólica, de la cultura material del siglo XIX, tal como ésta se manifestó en las modas, el urbanismo, la decoración, etc- hubiera llegado a ser desarrollado de una manera convencional. Ojalá Benjamin hubiera tenido tiempo y ganas, antes que buscar la muerte en un callejón de Port Bou. Le pudo una especie de lúcida desgana. Pero acertó antes a dejarnos en esbozo lo que sin duda hubiera sido, y quizá es, su mejor obra.   

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