viernes, octubre 10, 2014

CICLOS

El sol ha sido siempre el mismo, como también lo han sido los verdes de la vegetación, los pardos de la tierra y el amarillo sucio del río. Sin embargo, no los ve uno hoy igual que ayer. Mis recuerdos de, pongamos, treinta o treinta y cinco años atrás tienen color de película quemada. Tanto, que estoy convencido de que no se trata de ninguna engañosa asociación de ideas, sugerida por la tonalidad de las fotografías de entonces, sino de una cualidad real de las cosas. Y eso es quizá lo que más me ha emocionado de La isla mínima, el sobresaliente thriller de Alberto Rodríguez: que las imágenes tienen la tonalidad exacta de mis recuerdos de ese tiempo. Esos coches, esas paredes desconchadas, esos muebles de pobre, esas panas parduzcas, esas caras con aspecto de oler a loción de afeitar barata... Un cierto desaseo, que se extiende también al aspecto moral. Y una impresión general de desamparo, como si esa decoloración a la que aludíamos antes obedeciera a un exceso de exposición a una luz quizá demasiado inclemente. Años finales de mi adolescencia sin perspectivas. He intentado escribir sobre ello -ahí está mi novela Vida nueva, la más desolada de las tres que componen mi trilogía-; he encontrado atisbos de esa misma pesquisa en las novelas de otros -la que acabo de leer de Pedro Sevilla, Los relojes nublados, por ejemplo-; y me alegro también de que empiece a ser objeto de la atención de los cineastas del día. Parece que han pasado ya los tiempos en que el único acercamiento posible a esos años difíciles era la proclama exaltada o los planteamientos maniqueos. Lo bueno y lo malo andan inextricablemente mezclados cuando el vivir transcurre por esos derroteros ambiguos, indecisos, revirados. Y hemos aprendido a aceptarlo, quizá porque el ciclo, por motivos que no viene al caso mencionar, vuelve a iniciarse.

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